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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




lunes, 16 de noviembre de 2009

Amando a un angel capitulo 12

12º- Una cena movida

Salimos del hospital, y volvimos a casa, quería descansar un poco y luego arreglarme para la cena. Me recosté un rato en el sofá y me quedé dormida, estaba feliz y ya podía descansar tranquila.

Me desperté cuando noté el roce de la mano de Cristian sobre mi mejilla. Alcé la vista y allí estaba él, tan maravilloso y guapo como siempre. –Tenemos que vestirnos para irnos, no querrás que lleguemos tarde ¿no? –dijo Cristian con una sonrisa.

Me levanté y me puse a caminar, pero aún me costaba enfocar un poco las cosas si movía la cabeza muy deprisa, así que me tambaleé un poco, pero Cristian muy rápidamente me sujetó.

-Oye, no querrás caerte ¿no? Tienes que ser paciente, y esperar a recuperar la vista por completo. –comentó.

-Lo sé, pero me cuesta, me resulta difícil no ver bien todavía. ¿Me ayudas a llegar a la habitación y coger la ropa? No sea que me ponga la ropa que no deba. –expliqué sonriendo.

Caminamos hasta la habitación, intentaba enfocar, pero en movimiento me resultaba más complicado. Entramos y abrí la puerta del armario, buscando un vestido azul que tenía, me encantaba y me gustaba mucho como me quedaba.

Cogí el vestido y me lo puse, terminé de arreglarme con las medias y demás. Quería maquillarme un poco, pero no quise ponerme mucho por si no enfocaba bien y me pintaba como un payaso. Así que me puse algo de base de maquillaje, una raya finita y una sombra azulita para que resaltara los ojos.

Salí hacia el comedor donde me esperaba Cristian. Me paré justo delante de él y sonreí tímidamente. -¿Qué tal estoy? Y di la verdad por favor, que lo mismo con esto de no enfocar bien puedo haberme puesto como un payaso. –dije entre risas.

-Estás… muy linda, hermosa, preciosa. –Se acercó para darme un tierno beso en los labios. –Estás perfecta de verdad, casi se me salen los ojos de las órbitas al verte.

-Gracias –dije sonrojándome. –Tú también vas guapísimo. –admití mientras miraba lo bien que le quedaba la camisa que llevaba.

Nos dirigimos al coche y tomamos rumbo al restaurante, era un sitio muy lujoso y caro. Pero claro, siendo médico Carlisle pues tenía dinero de sobra. Llegamos y ya estaban todos sentados.

Al vernos llegar se levantaron para saludarnos. Esme y Adriana fueron las primeras, me dieron un abrazo y un beso. –Nos alegramos que ya estés casi recuperada. –dijo Esme, casi estaba llorando.

-Sí, nos pegamos un buen susto. –admitió Adriana.

Carlisle se acercó también, y me dio un abrazo. –Ten paciencia, poco a poco volverá todo a la normalidad. –dijo con una amplia sonrisa.

Nos sentamos y nos empezaron a servir, durante la cena estuvimos hablando, la verdad es que era una familia asombrosa, se querían con locura. Y entre Cristian y Adriana había una relación especial, la pérdida de sus padres biológicos los unió mucho, y se notaba que se protegían mutuamente. Además de notarse que a sus padres adoptivos los querían con locura.

Cristian estuvo muy atento conmigo, muy afectuoso, eso me gustaba mucho. Pero a mitad de la cena, me entraron ganas de ir al servicio.

-¿Te ayudo a llegar a la puerta? O si no que vaya Adriana contigo. –me preguntó.

-Tranquilo, mientras vaya despacio y mirando bien no pasa nada. Seguid cenando, no tardo nada. –contesté.

Me levanté de la silla y caminé despacio y fijándome bien para no chocar con nada y con nadie; llegué al baño y entré. Una vez terminé, me lavé las manos y salí, volví a ir despacio para no chocarme.

Pero cuando estaba al lado de la mesa contigua a la nuestra, no me fijé bien y le di a un hombre en el codo, haciendo que se manchara la cara con la comida.

-Oye, estúpida ¿es que no miras por donde vas? –preguntó muy borde el hombre.

-Lo siento es que no veo bien, no quería darle. –dije avergonzada.

-Con sentirlo no vale, has hecho que me manche. –al decir eso me dio una sonora bofetada en la mejilla.

-¡Ay! – me quejé.

–Te voy a enseñar a fijarte mejor. –en cuanto dijo esto, preparó la mano para darme otra bofetada.

Cristian y su familia que estaba en la mesa de al lado lo habían visto todo. Al ver que el hombre me iba a dar otra bofetada, vi que se levantó de la mesa y le detuvo la mano.

-Oiga, no se le ocurra ponerle una mano encima. –dijo Cristian en tono amenazante.

-Tú no te metas, niñato. Además esta chica no sabe con quien se ha tropezado. Soy un empresario muy influyente. –explicó el hombre muy serio y con aires de superioridad.

-Me da igual quien sea. Pegar a una chica es de cobardes. Además esta es mi chica y nadie le va a hacer daño. –replicó él seriamente.

-Cristian, de verdad no te pongas así. Ha sido culpa mía. Le pido disculpas señor, no ha sido mi intención. –me disculpé.

Pero el hombre volvía a acercarse a mí para volver a pegarme. Noté que Carlisle también se levantó de la mesa y se acercó para ponerse delante.

-¿Y usted qué hace? Quítese de en medio, que esta chica necesita una lección de modales. –replicó el hombre.

-Mi hijo tiene toda la razón. No le va a poner un dedo encima, no se lo voy a consentir, y si no la deja en paz voy a llamar a la policía. –contestó Carlisle, jamás le había visto tan serio.

Con tanto jaleo que se estaba organizando vino el dueño del restaurante que conocía a Carlisle. Le miró con cara de preocupado y se puso a hablar con él.

-Doctor Cullen, ¿Qué ocurre? –preguntó intrigado.

-Pues verás, esta es la novia de mi hijo, no ve bien de lejos porque ha salido recientemente de una operación. Sin querer le ha dado en el brazo a este señor, y se ha manchado un poco la cara. Pero aquí el “empresario influyente” le ha dado una bofetada y pretendía volver a pegarla. –explicó serio pero tranquilo.

-Entiendo. –asintió el dueño con un movimiento de cabeza.

-Si no la deja tranquila no me va a quedar más remedio que llamar a la policía, pero no querría que se armara semejante jaleo en tu local. –admitió Carlisle.

-De acuerdo, doctor Cullen. Disculpe. –dirigiéndose al empresario. –Estos son unos clientes especiales, y no voy a consentir que se formen peleas ni trifulcas en mi local. Así que o se tranquiliza o seré yo mismo el que llame a la policía.

-Está bien. –dijo con voz muy seca el hombre mientras volvía a su asiento.

Nos sentamos de nuevo en la mesa y proseguimos la cena, pero yo estaba avergonzada por todo lo que se había organizado. Aunque intenté que no se notara mucho para no estropear la velada.

Terminamos de cenar y el dueño del local nos invitó a la cena, por todo el lío con el empresario. Salimos del local y antes de montar en los coches me dirigí a todos. –Lo siento mucho. No pretendía poneros en evidencia, de verdad. Estoy muy apenada por lo que ha pasado. –dije con voz apesadumbrada.

Esme me abrazó y me dio un beso en la mejilla. –Tranquila, no te disculpes. La culpa la ha tenido ese idiota.

Nos despedimos de Carlisle, Esme y Adriana y nos montamos en su Volvo para volver a casa. Yo estuve callada todo el trayecto, me sentía fatal, no hacía más que causarles problemas, a esa familia. Para mí eran como la familia que había perdido, y me dolía el alma saber que les causaba problemas.

Llegamos a casa y me acosté enseguida, solo quería olvidar todo lo que había pasado. Cristian me miró algo serio, sabía que se había dado cuenta de lo triste que estaba por el incidente de la cena. Pero ya hablaría de ello por la mañana.
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