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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




jueves, 26 de noviembre de 2009

Amando a un angel capitulo 27

27º- Antiguos enemigos vuelven

A la mañana siguiente, me desperté y fui a preparar el desayuno. Delia no tardó en despertarse y vino a la cocina, no se la veía muy mal, pero claro, aún tenía todas las heridas y moratones.

-¿Qué tal te encuentras? ¿Has descansado? –pregunté acercándome a ella.

-Sí, ya estoy más tranquila. Y he dormido muy bien. Gracias por todo. –respondió.

-No tienes porqué darlas. – dije sonriéndola.

-Bueno ahora en un rato vamos a acompañarte a poner la denuncia. –contesté mientras terminaba de hacer el desayuno.

-Gracias, de verdad. No tenía que haberos molestado, pero estaba asustada y como estaba aquí al lado por eso vine. –se justificó.

-No te preocupes, hiciste lo correcto. No me hubiera quedado tranquila si te hubieras ido. –añadí.

Cristian se levantó al cabo de unos minutos. Vino hacia mí y me dio un tierno beso. Luego se giro y miró a Delia. -¿Cómo te encuentras?

-Bien, ya más tranquila. –le respondió.

Desayunamos, luego Cristian les dio el desayuno a Carla y Gabriela, mientras yo di de mamar a Evelyn. Nos preparamos y cogimos el coche para ir a la comisaría, todos juntos.

Puso la denuncia y le pidieron un retrato robot de los dos agresores, y cuando estuvo segura de las descripciones que había dado nos los enseñaron. Al mirarlos me quedé paralizada, Cristian tuvo que sujetarme para que no me cayera al suelo.

-¿Qué la ocurre? –preguntó alarmado el policía. –¿Se encuentra bien la señorita?

-Pues lo cierto, es que a mí ha estado a punto de pasarme lo mismo. Es que ya conocemos a estos dos hombres. Uno de ellos se llama Walter Smith, hemos tenido varios problemas con él, y el otro se llama Enrique y es el hermano de mi novia. –explicó algo nervioso Cristian.

-Entiendo. Bueno, no se preocupen, están en busca y captura y estamos trabajando duro para cogerlos. No tienen por qué preocuparse. –dijo el policía. – Pero cuénteme todo lo ocurrido con los dos individuos y facilítenos todos los datos que tengan.

Yo aún seguía paralizada por el miedo y la sorpresa, me habían sentado en una silla y me trajeron una tila. Mientras, Cristian estuvo explicando todo lo ocurrido con mi hermano y con Walter Smith.

No podía creer que las dos personas que más daño me habían hecho estuvieran en la calle de nuevo y por si fuera poco, ahora iban los dos juntos. Tenía tanto miedo, por mí, pero mucho más miedo por mis hijas, no soportaría la idea de que las pasara algo malo.

-Mel, mi princesa, cálmate, por favor. –Su tono era de total desesperación. –No soporto verte así, pero no tengas miedo, no te harán daño de nuevo, tendrán que pasar por encima de mi cadáver para haceros algo a ti o a las pequeñas. –dijo amenazante.

-Eso no lo digas nunca, si tú faltas… mi vida no tendría sentido. –al decir esto comencé a llorar intensamente.

Él me abrazó y noté que también estaba llorando. –Por favor… tienes que ser fuerte, por mí y por las pequeñas.

Me cogió la cara entre las manos y me miraba. Yo le di un beso muy tierno, intenté calmarme, sabía que él también lo estaba pasando mal y mi reacción solo empeoraba las cosas. Termine la tila y parece que me tranquilicé un poco, así que Cristian se relajó aunque no demasiado.

Nos marchamos a casa pero llevamos a Delia y a Carla a su casa. Yo estaba con la mirada perdida en ninguna parte, y no hablé en todo el camino, ni siquiera me despedí de Delia y de la niña.

No era por ser maleducada, pero tenía la sensación de que si hablaba me pondría histérica y a gritar, quería controlarme, por mi familia, tenía que intentar ser muy fuerte y que la situación no me dominara, pero no era sencillo.

Entramos en casa y me senté en el sofá, Cristian acostó a Gabriela y me trajo a Evelyn que estaba llorando porque tenía hambre. La di de mamar pero no prestaba atención a lo que hacía. No me entendía a mi misma, siempre me había encantado dar de mamar a la pequeña.

Pero no podía quitarme de la cabeza que esos dos hombres estaban libres y podían intentar cualquier cosa. Cuando terminé de dar de mamar a la niña se la di a Cristian que la llevó a dormir.

Después se acercó a mí y se sentó a mi lado. –Preciosa, me duele tanto verte así… Pero te aseguro que no va a pasar nada. Por favor, te necesito, necesito que seas la Mel de siempre. –dijo suplicante.

Al decir eso y verle tan desesperado, le vi desvalido como cuando encuentras un perrito abandonado en la calle. Entonces algo dentro de mí saltó, me acerqué a él y comencé a besarle.

Él correspondió a mis besos de buena gana, al verme más tranquila se dejó llevar. Me senté encima de él, estábamos tan cerca el uno de otro… le acariciaba por el cuello y por el pecho, él comenzó a acariciarme también.

Me llevó a la habitación, sentí que íbamos muy deprisa, y llegamos a la cama. Nos tumbó y seguimos besándonos intensamente. Casi me estaba quedando sin aire de tantos besos como nos estábamos dando.

Bajó sus manos y cogió mi camiseta, tiró hacia arriba de ella y me la quitó, yo hice lo mismo con su camiseta. Aunque le había visto muchas veces, era inevitable que me quedara sin respiración al verle su torso desnudo.

Tiró de mis pantalones dejándome en ropa interior, siempre que hacía eso, yo intentaba taparme un poco, sentía algo de vergüenza. No por él, sino por la forma en que me miraba, me resultaba imposible no ruborizarme.

Al ver mi reacción se rió entre dientes y volvió a besarme acariciándome los pechos por encima del sujetador. Yo le desabroché el botón de los pantalones y se los quité. Ambos estábamos en ropa interior muy pegados el uno al otro.
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