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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




viernes, 27 de noviembre de 2009

Amando a un angel capitulo 28

28º- Amando profundamente

Yo que estaba muy excitada le empujé un poco para que se tumbara boca arriba. Le quité los boxers y quedó visible su miembro erecto. Lo rocé con la mano y en seguida acerqué la boca.

Se lo acaricié con la lengua y luego me lo introduje en la boca moviéndola de arriba a abajo. Sentí como se estremecía y podía escuchar gemidos de placer saliendo de su boca. –Preciosa, uf… me encanta… me vuelves loco… -consiguió decir entre gemidos.

Me acerqué a su boca y le comencé a besar otra vez. Mientras él me quitó el sujetador y el tanga haciendo que los dos ya estuviéramos completamente desnudos. Me moví para colocarme encima, nuestras zonas íntimas se rozaron y ambos sonreímos.

Bajó sus manos hasta mi cintura para darnos la vuelta y hacer que él se quedara encima de mí. Sentí como bajaba una de las manos hasta mi intimidad, comenzó a acariciarla lentamente, me hizo gemir de placer. Siguió moviendo la mano pero esta vez un poco más deprisa.

Mis gemidos se incrementaron, hasta tuve que taparme la boca con la mano, pues despertaría a las niñas si seguía aumentando el volumen de mis gemidos. Con la boca bajó desde mi boca hasta el cuello para detenerse después en uno de mis pechos. Comenzó a besarlo y acariciarlo con la lengua.

-Uf… mi amor… necesito que… me hagas tuya… -dije como pude.

Dejó de tocarme la intimidad, se acomodó encima de mí y me penetró. Ambos soltamos un gemido casi a la vez. Comenzó a moverse despacio pero en seguida aumentó el ritmo, estábamos enloquecidos de placer.

Estábamos inmersos en esa pasión sin límites, cada vez necesitaba más y más, no hacia más que intentar que se moviera más deprisa, necesitaba más amor, necesitaba más pasión, necesitaba más de mi amado, que tanto placer me daba.

Así continuamos esa noche de amor desenfrenado, en la que estábamos inmersos y absortos. No existía nada más, como si en la habitación hubiera una burbuja que hiciera que lo demás desapareciera.

Nos dormimos abrazados a altas horas de la noche. Pero al cabo de un par de horas oí cómo lloraba Evelyn. Hice el amago de levantarme, pero Cristian me sujetó. –Tranquila, voy yo, seguro que tiene hambre pero la traeré contigo. –dijo sonriendo.

Tardó muy poco en venir con ella en brazos, mientras iba haciéndole carantoñas, estaban tan adorables padre e hija que sonreí desmesuradamente. Me la dio y la cogí dándola un beso en la frente.

Se colocó sentado en la cama, apoyado en el cabecero, hizo un gesto para que me colocara delante suya apoyada en él. La niña comenzó a comer, estaba ansiosa, se agarraba con fuerza a mí.
Oí unos pequeños pasos que se acercaban a la habitación, y pude ver la cabecita de Gabriela asomada por la puerta. Nos miraba asombrada y se acercó a la cama, Cristian la ayudó a subir y no paraba de mirar como mamaba Evelyn.

-Papi, manita muede a mami. –dijo algo asustada.

-No, cariño, no la muerde. Es que tiene que tomar la leche de mami y la toma así. Pero no la muerde. –respondió sonriendo su padre.

-Yo tamién quero leche de mami. –pidió la niña.

En esta ocasión respondí yo. –Mi pequeña, no puedes tomar leche así, la hermanita es que no tiene dientes y no puede tomar nada más que mi leche. –la expliqué.

-Ah… -parecía que se había quedado conforme. –papi, teno ambe quero desayuno.

-Vale, espera a que termine la hermanita y ahora desayunamos los tres juntos. –le respondió su padre.

-NO, yo teno ambe aoda. ¡Quero desayuno aoda! –ordenaba mientras movía mucho las manos.

En uno de los movimientos que estaba haciendo, nos dio a la niña y a mi, a mi me dio en el brazo, aunque no me hizo daño. Pero a la niña la dio en la cabeza y comenzó a llorar.

-¿Ves lo que has hecho? Les has hecho pupa a mamá y a la hermanita. No puedes tener esas rabietas. –dijo Cristian bastante enfadado.

-Fe sin quere. –se disculpó la niña.

-Me da igual, no puedes ir haciendo esas cosas, la hermanita es muy pequeña y la podías haber echo algo. No puedes ser mala. –el tono de Cristian sonaba muy severo.

La niña comenzó a llorar y se bajó de la cama saliendo de la habitación. Yo miré a Cristian muy seria, es cierto que la podía haber hecho mucho daño, pero era pequeña y no lo había hecho con mala intención.

Él miró hacia la puerta de la habitación y después giró la cara en nuestra dirección. Y vio mi mirada. -¿Qué?

-No debiste regañarla así, aún es pequeña, no lo ha hecho a posta y es muy pequeña todavía. –contesté intentando calmarle.

-Os podía haber hecho daño, sobre todo al bebé. –intentó justificarse.

-Pero no ha pasado nada, y sabes que es pequeña. Ve a hablar con ella, que se ha ido llorando. Con lo que ella te quiere… -intenté hacerle sentir culpable.

-Está bien, voy a hablar con ella. –respondió y nos dio un beso a las dos antes de salir de la habitación.

Me levanté y llevé a la niña a la cuna. Pasé al lado de la habitación de Gabriela, Cristian estaba en la puerta. Me quedé parada al lado, escuchando a ver que decía la niña. - ¿Puedo pasar? –preguntó Cristian.

-No quero, ya no me queres, solo queres a la manita. –su voz sonaba muy llorosa.

-Eso no es verdad. Sabes que te quiero con locura, mi pequeña. –Dijo Cristian entrando en la habitación.

Yo aproveché para ponerme en la puerta y asomarme, me preocupaba cómo estaba Gabriela, nunca se había enfadado de esa forma y no estaba tranquila. Cristian estaba a su lado y abrió los brazos para que Gabriela le abrazara.

Pero ella no se movió, se quedó quieta y se giró para no ver la cara de Cristian. –Papi no me quere y yo ya no lo quero. –contestó enfadada.

-No me digas eso, me voy a poner triste. –vi que hizo un puchero. –Eres mi pequeña y siempre te voy a querer, ya lo sabes.

-Etoces, ¿papi me quere? –preguntó ella con las lágrimas cayendo por sus mejillas.

Él le secó las lágrimas y la sonrió. –Pues claro que sí, siempre te voy a querer. –y la dio un abrazo.

Entonces entré muy contenta en la habitación. –Me alegra que lo hayáis arreglado. –Cristian se incorporó con la niña en brazos y me abrazó a mí también.

-Pero tienes que prometer que no te vas a volver a poner así, ni hacer lo que hiciste antes. Pudiste hacerle daño a la hermanita. –le dijo a la niña.

-Vae, me poto bien. –contestó ella sonriendo.
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