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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




lunes, 9 de noviembre de 2009

Amando a un angel capitulo 3

3º- Peleas peligrosas

Me desperté por la mañana y Cristian no estaba, pero encontré una nota. “Dormida parecías un angelito. Cuando te despiertes baja al comedor y desayunamos juntos”. La verdad es que era un chico encantador, y se estaba portando genial conmigo. Nadie se había preocupado por mí desde que murieron mis padres.

Me di una ducha rápida y me puse la ropa que me habían prestado. Era verdad que teníamos la misma talla, me quedaba perfecta la ropa. Bajé las escaleras y fui al comedor, allí estaba Cristian sentado en el sofá, era guapísimo, perfecto, el chico más hermoso que había visto nunca.

En cuanto me vio se dibujó una sonrisa en su cara. – ¡Buenos días! ¿Has dormido bien? – preguntó levantándose del sofá y acercándose a mí.

-Sí, lo cierto es que sí, gracias de verdad. –dije y no pude evitar derretirme con su sonrisa.

-Ven, vamos a la cocina, estoy seguro de que tienes hambre. Mi padre ya ha ido a trabajar y mi madre ha ido a comprar. A mi hermana no la puedes conocer porque se ha ido a la universidad. Pero luego por la tarde la conocerás. –explicó.

-Pero… yo tengo que ir a trabajar, entro dentro de un rato. –intenté explicar.
-Mira, es mejor que hoy descanses, ayer lo pasaste muy mal. Si quieres llamo yo y se lo explico. – dijo muy cortésmente.

-Tranquilo, llamo y se lo cuento. – contesté. Me acercó su móvil y marqué el número del colegio, se lo expliqué a mi compañera que dijo que no me preocupara, que me tocara el día de descanso y ya fuera al día siguiente.

-Lo que vamos a hacer es ir a poner la denuncia, y luego te acompaño a casa a que cojas lo que necesites. Hasta que se solucione es mejor que no vuelvas a tu casa. –explicó con calma.

-Pero… mi hermano va a estar allí… y seguramente esté borracho otra vez. Yo no quiero que te haga nada, mejor voy sola. –dije con la voz temblorosa.

-Eso si que no, no voy a permitir que vayas sola para que vuelva a intentar hacerte daño. No me lo perdonaría. No, porque no podría estar tranquilo sabiendo que él te pude volver a poner una mano encima, con lo que yo te… quiero decir que… no quiero que te pase nada. –se había puesto muy nervioso y su voz parecía temblorosa.

-Eres un chico estupendo, nadie me había cuidado tanto como tú. Y lo cierto es que me siento muy segura contigo, no sé tal vez estoy loca pero creo que estoy sintiendo algo por ti. –confesé mirando al suelo.

-¿Es eso cierto? –me giró la cara para que le mirara a los ojos, en ellos se veía mucha ilusión y amor. –Tú… ¿sientes algo por mí? –preguntó casi sonriendo.

-Perdona, debes pensar que estoy loca, si apenas nos conocemos. Discúlpame de veras. –intenté justificarme.

-No digas eso, si es cierto que sientes algo por mí, me harías el hombre más feliz del mundo. Además yo también estoy sintiendo algo muy fuerte por ti. Pero con todo lo que has pasado no quería decirte nada para no asustarte. –su voz era tan dulce y armoniosa, casi hipnótica, que de forma involuntaria, me acerqué más a él, hasta quedar a unos pocos centímetros.

Justo en ese momento, noté como me envolvía la cintura con sus brazos, y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, fue una sensación muy extraña pero que me gustó.

Me acerqué más a él, hasta que lentamente fuimos juntando los labios. Fue un beso no muy largo pero intenso, era un beso de amor, de un amor que era imposible sentir tan pronto, pero que sin embargo lo sentíamos.

Terminamos el beso, y ambos sonreímos. –Venga, vamos a recoger lo que necesites y ponemos la denuncia. –dijo cogiendo mi mano y sacándome de la casa para dirigirnos al coche.

Le fui indicando para que supiera llegar a mi casa. Y por fin llegamos. Me puse muy nerviosa, no solo por si estaba mi hermano en casa, sino también porque le pudiera hacer algo a Cristian. Pero él me cogió de la mano. –Cálmate, no va a pasar nada.-dijo, su voz parecía muy serena y segura.

Entramos y estaba todo patas arriba, se ve que después de que me fuera se puso a romper cosas, y yo empecé a asustarme. Nos dirigimos a mi habitación para que cogiera ropa, y algunas cosas más. Lo metí en mi maleta para llevarlo mejor, Cristian cargó con la maleta y cuando estábamos a punto de salir oí la puerta.

-¿Quién está en mi casa? MALDITA ESTÚPIDA, ¿ya has vuelto? Tenías que haber cerrado la puerta.-Enrique estaba furioso.

Salí corriendo para enfrentarme con él. –Tranquilo, solo he venido a por unas cosas pero ya me marcho, no pienso estar un minuto más en esta casa contigo. –dije con resolución en mi voz.

-¿Qué te vas? Eso ni lo sueñes, tú te quedas aquí para cuidar de la casa y complacerme en lo que yo te diga. –dijo con una sonrisa que me dio miedo. Me cogió y quiso tirar de mi ropa, pero una mano le sujetó.

-Déjala en paz, no le pongas un dedo encima. –Dijo Cristian de una forma muy calmada pero firme.

-Esta es mi hermana y hago lo que quiera con ella, está aquí para complacerme ¿Y tú quién te has creído que eres? –le dijo mirándolo con cara de asco.

-Por ahora solo un amigo, pronto espero ser algo más. Pero además, si no te largas y la dejas en paz voy a ser el que te de una lección. –dijo apretando los puños

-Eso que te lo has creído, imbécil. –dijo y le pegó un puñetazo en el estómago a Cristian. Él se agachó a causa del dolor, pero se repuso y le dio un par de puñetazos. Yo no sabía que hacer, estaba de los nervios, no podía moverme y tenía mucho miedo por Cristian.

Vi como Enrique se libraba de uno de los puñetazos, y cogió un cuchillo y sin que pudiera reaccionar, me agarró, poniendo el cuchillo en mi cuello. –Si intentas tocarme le rajo el cuello, y para que veas que no estoy bromeando… -Entonces con el cuchillo bajó hasta mi brazo y me hizo una raja, yo chillé de dolor.

-¡Déjala!, no seas tan cobarde de escudarte detrás de ella, pelea conmigo y verás. –le incitó Cristian.

Al decir eso, provocó a Enrique, que me hizo un corte en la mejilla, haciendo que chillara de nuevo y me tiró al suelo. Echándose encima de Cristian. Volvieron a pelearse y Cristian consiguió que soltara el cuchillo. Pero le estaba ahogando, veía como Cristian intentaba liberarse pero estaba arrinconado y no le resultaba fácil.

Con el brazo y la cara aún sangrando, me armé de valor cogí el cuchillo y se lo clavé en un costado, haciendo que se retorciera de dolor. Eso le sirvió a Cristian para quitársele de encima.

-¡MALDITA! Me las vas a pagar, soy tu hermano, y no te librarás de mí tan fácilmente. –gritó echando a correr.

Entonces Cristian se acercó a mí, y se rajó la camiseta para intentar taparme la raja del brazo, y me dio otro trozo de la camiseta para ponérmelo en la cara y tapar la raja. Entonces me cogió en brazos y me llevó al coche.

-Nos vamos al hospital, mi padre tiene que curarte eso.-dijo mientras arrancaba el coche.

Entonces pude ver su pecho perfecto, me estaba dejando sin respiración pero decidí mirar a un lado, no quería que me viera sonrojada, y así fuimos de camino al hospital, pero noté como tuvo una mano siempre acariciándome el brazo que tenía más cerca, y eso me hacía sentir muy querida y a salvo.
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