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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




domingo, 6 de diciembre de 2009

Amando a un angel capitulo 46

46º- A vida o muerte

Al día siguiente nos pusimos en marcha para ir al psiquiátrico, por el camino fui callada todo el tiempo y con la mirada perdida. ¿Y si su madre no quería hacer eso por la niña? Pero me daba más miedo que no estuviera tan lúcida como para que pudiera hacerlo.

Llegamos y preguntamos por el director del hospital, teníamos que hablar primero con él para explicarle la situación. Pero claro, no dependía de él solo, pues hablaríamos con la madre de Gabriela de todas formas.

-Buenos días. Ustedes deben ser los señores Cullen. –dijo el director. –Me llamo Juan Cárdenas y soy el director del psiquiátrico. Ya me han informado un poco sobre la situación. –

-Mucho gusto –respondió Cristian dándole la mano. –Pues como sabe, una de sus pacientes es la madre biológica de nuestra hija. Pero le han detectado un cáncer y necesita un transplante de médula ósea. –explicó mi marido. El director no interrumpía a Cristian. –Nos dijeron que los padres biológicos suelen ser compatibles, así que como su padre murió, necesitamos que ella se haga las pruebas.

Yo permanecía callada, no podía articular palabra, de echo me estaba costando muchísimo esfuerzo no ponerme a llorar ahí mismo. Pero quería ser fuerte, debía ser fuerte por mi pequeña de la que su vida estaba entre la vida y la muerte.

-Entiendo. Bueno no sé si saben que ella padece una esquizofrenia, tiene momentos de lucidez, pero es difícil saber cuándo estará lúcida y con sus plenas facultades. Pero les permito si quieren que vayan a hablar con ella. –nos informó el director.

Nos llevaron a la zona de las habitaciones, pero nos quitaron anillos, colgantes y cualquier cosa que pudiera usar Paula a modo de arma. Eran normas muy estrictas sobre todo, para proteger a los visitantes.

Entramos en una sala, para que estuviera también Paula, tenía una camisa de fuerza y se quedaron dos celadores en la habitación por si perdía los nervios o le daba un ataque.

-Hola, me llamo Melinda. – me presenté. – Yo adopté a su hija, porque su marido la trataba muy mal.

Paula no decía nada, solo nos miraba, yo no sabía si me estaba entendiendo, si estaba lúcida en ese momento, si estaría dispuesta a hacer lo que la iba a pedir, por saber si querría salvar a su hija, a MI hija…

-La niña se ha puesto enferma, necesita un transplante de médula ósea. Nos han dicho que los padres biológicos suelen ser compatibles para el transplante. –expliqué. –Necesitamos que te hagas las pruebas para ver si eres compatible.

Al terminar de hablar no pude evitar ponerme a llorar, estaba desesperada, porque veía como el tiempo pasaba y la vida de mi niña se ponía cada vez más en peligro.

-Gabriela… -susurró ella.

-¿Nos ayudarás? –pregunté mirándola a los ojos con las lágrimas cayendo por mis mejillas.

-Yo quiero ayudar a Gabriela, pero Walter me hará daño… -dijo ella con miedo en su mirada.

-No, no tienes que preocuparte por Walter. –interrumpió Cristian. –él ya no te volverá a hacer daño, ni a ti ni a nadie.

-Vale, quiero ayudar a Gabriela. Pero quiero verla… -pidió mirándome a mí.

Cristian y yo nos miramos, yo estaba dubitativa, quería a toda costa que mi pequeña se salvara, pero no estaba su salud para muchas visitas. Aunque por otra parte, era su madre biológica. Tenía la cabeza echa un lío no sabía que pensar, eran demasiadas cosas en las que pensar de golpe.

-Está bien, la traeremos mañana, pero no puede estar mucho rato pues su estado de salud no es demasiado bueno. Por eso necesitamos que te hagas las pruebas cuanto antes. –explicó Cristian.

Se puso tan feliz que tan solo asintió, no dijo nada, se nos quedó mirando con una sonrisa en la cara. A fin de cuentas era su hija biológica y durante un tiempo estuvo con ella, era normal y comprensible.

Yo también me puse muy contenta, tal vez había una posibilidad de salva a mi niña, a mi hijita querida. Me abracé a Cristian, él también estaba contento, podía notarlo, tenía la mirada iluminada porque Paula hubiera aceptado.

Nos dijeron que uno del os médicos del psiquiátrico sería quien le haría la prueba, en ese mismo día, pues la examinaron y era cierto que estaba lucida. No obstante tuvo que firmar una autorización, para demostrar que se sometía a la prueba por voluntad propia y en pleno uso de sus facultades mentales.

Pero también nos advirtieron que esa prueba dolía muchísimo, ya que había que pinchar con una aguja enorme en el hueso, y aunque anestesiaran la zona el hueso no se podía anestesiar. Decidí pasar con ella para estar mientras le hicieran la prueba.

Me sentía en deuda con ella, que pasaría un dolor insoportable para poder ayudar a Gabriela. Quería darla mi apoyo y sobre todo mi agradecimiento por lo que iba a hacer por nosotros, por Gabriela.

Entramos en una sala y la tumbaron en la camilla. Yo me puse a su lado y la cogí de la mano, ella me miró, su mirada era de agradecimiento, quería mostrarle que tenía mi apoyo por lo que iba a hacer por la niña.

La mandaron que se tumbara de lado y con las rodillas pegadas al pecho. Entonces sacaron una aguja inmensa, yo no pude evitar abrir los ojos como platos de la impresión. Pero decidí disimular, no quería asustarla y meterla miedo.

Solo de ver como le clavaban la aguja ya sentía dolor incluso yo, la miré a la cara y tenía los ojos cerrados muy apretados, se notaba que la estaba doliendo a saber cuánto, pero lo estaba aguantando bastante bien.

Menos mal que no duró mucho rato la prueba, en cuanto acabó la di un pequeño abrazo y la miré a los ojos. –Muchas gracias de verdad, si hay algo que pueda hacer por ti, dímelo por favor.
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