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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




martes, 2 de marzo de 2010

Amor sin límites capitulo 2

2º- Las personas no son lo que parecen

Salieron corriendo, sus pasos se oían cada vez más lejos hasta que ya no se pudieron escuchar. La chica soltó el palo y se acercó a Cristian, que intentó levantarse pero sentía dolor en todo su cuerpo.

-Espera, te ayudo. –dijo ella amablemente.

Le cogió por el brazo usando toda la fuerza que tenía, y con gran esfuerzo Cristian consiguió levantarse. Pero sentía que le dolía todo el cuerpo y que le chorreaba sangre por la cara y los brazos.

-Gracias… -contestó dolorido.

-No hay de qué. Aunque que sepas que fuiste un maleducado antes… Pero no podía consentir que Enrique y su pandilla te hicieran eso. Aterrorizan a todo el barrio desde hace un par de años. –explicó comenzando a caminar despacio, con Cristian apoyado sobre ella.

-¿Y no tienes miedo de que te hagan algo a ti? –preguntó extrañado.

-Claro que lo tengo, por eso cogí un palo de los que había ahí en los cubos de basura. Si no a mi sola me hubieran hecho de todo.

-Y aún así arriesgaste tu vida para que no me siguieran pegando… -estaba asombrado.

-Mis padres, que en paz descansen, me enseñaron a ser buena con la gente y ayudar a todo el mundo siempre que pudiera. Y eso es lo que he hecho. –contestó.

-Tus padres… ¿murieron?

-Sí, el año pasado. Por culpa de Enrique y su pandilla. Incendiaron la tienda por diversión, pero ellos estaban dentro haciendo inventario… -contó triste. –Cuando me recuperé, volví a abrir la librería en su honor.

-Vaya… lo siento mucho…

-Tranquilo.

-¿Y cómo es que no los detuvieron?

-Porque no se pudo demostrar nada, el fuego quemó todas las pruebas, aunque yo sé que fueron ellos.

-De verdad que lo siento, eres muy valiente. –contestó.

-Gracias. –dijo deteniéndose. –Mira, hemos llegado.

Entraron en un portal y subieron un piso de escaleras. Abrió la puerta con la llave y pasaron a la entradita. Se veía que no era una casa muy grande pero parecía acogedora. Le llevó hasta el comedor y le sentó con cuidado en el sofá.

El comedor no era demasiado grande, pero era muy bonito. Con los muebles combinados en dos tonos de azul. Una televisión no demasiado grande. Una mesa redonda con varias sillas. Un sofá y un sillón de color negro y una mesita baja de color negra también.

Ella salió del comedor, fue al baño para coger algodón y betadine. Se sentó a su lado en el sofá, primero con un paño húmedo quitó toda la sangre seca que tenía, intentaba hacerlo con la mayor delicadeza que podía.

Luego empezó a curarle las heridas con mucha dulzura. –Yo creo que debes ir a un hospital… no sé con tantos golpes quizás te rompieron alguna costilla o algo… - comentó preocupada.

-Bueno tranquila, mi padre es médico, le diré que me eche un vistazo. –contestó Cristian.

-Entonces es mejor que te vea cuanto antes. No quiero que te pase nada malo, por estar de charla conmigo. –dijo con los ojos llorosos.

-Lo cierto es que estoy muy a gusto ahora mismo… -susurró mientras acariciaba su mejilla.

Ella instintivamente se apartó, eso entristeció mucho a Cristian que bajó la mirada. –Supongo que estás enfadada por mi comportamiento en tu tienda.

-La verdad es que un poco, pero aprendí que hay que perdonar. Aunque… querría saber dos cosas.

-Claro, lo que quieras.

-¿Por qué fuiste tan borde en la tienda? ¿Y qué fue lo que pasó para que la pandilla de Enrique te atacara? –preguntó muy intrigada.

-Lo de la tienda… lo siento, es que mis amigos se fijan mucho en las apariencias. Siempre dicen que la gente que no es rica, solo son ladrones y drogadictos que no merecen nada. –explicó. Melinda tenía los ojos como platos. –Pero… veo que eso no es así, tú eres una persona maravillosa…

-Oh…

-Y lo de la pandilla esa… pues reconozco que me perdió la bocaza tan grande que tengo. Me creí superior a ellos y casi acaban conmigo. –contestó. –Aunque claro… apareció un ángel llamado Melinda, que me salvó…

-Me parece que estás desvariando, quizás te golpearon demasiado fuerte la cabeza. Debes ir a que tu padre te examine. –dijo levantándose.

Pero Cristian cogió su mano e hizo que se volviera a sentar, se quedaron muy cerca a escasos centímetros el uno del otro. Se miraban a los ojos sin mediar palabra, sus alientos se entremezclaban.

Cristian se acercó a Melinda poco a poco, hasta que se rozaron sus labios, su tacto era suave, cálido, tierno… empezaron un beso lento, cariñoso, jugando con sus lenguas. Estaban entregándose en ese intenso beso.

En ese momento Melinda reaccionó y se apartó. –Eh… creo que es mejor que te lleve a tu casa, no creo que debas ir solo. Te acerco en mi coche. –contestó levantándose y ayudando a Cristian.

Él se quedó callado, no había planeado besarla, pero ese beso era totalmente sincero, y ella se había apartado. Cosa normal y comprensible después de cómo se había comportado en su librería, pero decidió callarse.

Bajaron a la calle, y caminaron un poco, hasta que Melinda se detuvo delante de un coche plateado. Cristian lo miró y era un Honda Cívic, la verdad es que era un coche precioso, y se montaron.

Cristian le iba indicando el camino, hasta que llegaron a su casa. Melinda se quedó asombrada, se notaba que tenían mucho dinero, era una casa muy grande y preciosa.

Se bajaron y Cristian sacó las llaves de casa para abrir la puerta, aunque Melinda le ayudó, todavía se aguantaba un poco sobre ella. –Mamá, papá ya estoy aquí.

Caminaron hasta el comedor, Melinda se quedó asombrada de lo grande que era. Ese comedor era tan grande como toda su casa. Tenía muebles modernos combinados en tonos blancos y negros. Era una casa de ensueño, como las que salían en las revistas de decoración.

En el sofá de color azul, había una pareja sentada, un hombre y una mujer. El hombre era muy joven, tan guapo como Cristian. Melinda vio el gran parecido que tenían, sobre todo porque tenían los mismos ojos de ese color azul tan intenso.

La mujer era bastante joven y guapísima, parecía que su cara era como la de las muñecas de porcelana y tenía los ojos de un color verde esmeralda muy llamativo. Ambos se levantaron al ver entrar malherido a su hijo.
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