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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




sábado, 20 de marzo de 2010

Amor sin límites capitulo 31

31º- Al fin vida tranquila

-¡Es fantástico!

-Bueno si. –comentó Samanta riéndose y las demás se rieron con ella.

-¿De qué os reís?

-Pedro, estaba todo ilusionado durante el parto, pero fue ver un chorrito de sangre entre las piernas de Adriana y se desmayó. –comentó Samanta todavía entre risas.

-Bueno… entonces se puede preparar, porque le voy a gastar alguna broma. –dijo Darío en tono divertido.

-No seas malo con él. –le riñó Melinda.

-Eres una aguafiestas, ¿Lo sabías? –respondió apenado.

-Por cierto, nuestra niña tiene los mismos ojos que su padre. Hace un ratito los abrió. –comentó Melinda cambiando de tema.

-¿De verdad? –preguntó Cristian. –Es estupendo, aunque…

-¿Aunque qué?

-Que me habría gustado que hubiera tenido tus preciosos ojos. –dijo besando la frente de la pequeña.

Pasado un rato por fin volvieron con Adriana en la camilla y una cunita. Todos se asomaron a ver al pequeño Marcos, era un niño que no había nacido con demasiado peso pero estaba muy sano.

Tenía el pelito rubio como Adriana y la piel blanquita como la nieve y unos ojos verdes como los de Pedro, el niño era muy guapo. –Es precioso… -susurró Melinda.

-Sí, es un niño muy guapo. A ver si nosotros también tenemos uno pronto y sale tan guapo. –comentó Darío mirando a Samanta.

-Pues… no vas a tener que esperar mucho porque… ¡estoy embarazada! –dijo ella muy alegre.

Todos los de la habitación se quedaron sin habla, ninguno sabía nada sobre la noticia, ni siquiera las chicas y eso que se lo contaban todo. – ¿Cómo no nos lo habías dicho?

-Pues en realidad os lo iba a decir, pero con todo lo del parto y el otro parto pues no encontré el momento. –se disculpó.

-¡Es maravilloso! Soy tan feliz…

En ese momento, tenían muchos motivos para ser felices, pues estaban formando sus propias familias y se querían con locura, pocas cosas podrían estropear algo así. Aunque Cristian no estaba del todo feliz.

Pensaba todavía en lo de Walter, así que pensó que era el momento adecuado para poner la denuncia. Se acercó a Darío. – ¿Me acompañas a la comisaría?

-Claro, que voy contigo.

-Nos vamos un momento, quiero denunciar al imbécil ese antes de que me le cruce por la calle y le parta la cara… -contestó algo nervioso.

-No tardes… -dijo Melinda cogiendo su mano.

Tranquila. No creo que tardemos. –susurró antes de darle un beso.

Salieron de la habitación para dirigirse al coche de Cristian y así ir a la comisaría a poner la denuncia. Aparcó muy cerca de la comisaría y entraron. En la ventanilla de información preguntaron y les dijeron que les atendería uno de los policías.

Se sentaron en donde les indicaron. –Buenos días, mi compañero me ha dicho que quieren poner una denuncia. ¿Contra quién y por qué motivo?

Se llama Walter Smith y a parte de estar haciendo chantaje a mi prometida, ha intentado atacarla esta tarde. –comentó Cristian.

El policía les miró extrañado, como si hubiera dicho algo muy raro o fuera de lo común. – ¿Ha dicho Walter Smith?

-Sí, ¿Por qué?

-Pues, hace un rato, recibimos una llamada de que en un bar se estaba produciendo una agresión. Atendimos el aviso, un hombre estaba pegando a su jefa en el bar, la cogió de rehén e intentó escapar con ella. Pero mis compañeros le abatieron antes de que consiguiera escapar. –explicó.

Darío y Cristian se quedaron sin palabras, no esperaban algo así. –Pero… ¿Por qué la estaba atacando?

-Porque ella quería despedirle por haber intentado agredir a un cliente, que imagino que sería su prometida. –comentó.

-Entiendo. Pues entonces nos vamos. Muchas gracias por todo. –dijo Cristian estrechándole la mano.

-Gracias a ustedes, que pasen un buen día.

Salieron de la comisaría y se montaron en el coche, aún no sabían ni lo que decir. No es que se alegraran de la muerte de una persona, pero desde luego vivirían más tranquilos sabiendo que ya nunca podría hacer daño a nadie.
Llegaron al hospital y todos se quedaron también con la boca abierta ante la noticia, pero desde luego que respiraron tranquilos. Melinda hasta se puso a llorar. – ¿Por qué lloras?

-Porque no puedo creer que al fin vayamos a ser felices.

-Por eso no debes llorar, debes sonreír. –comentó él acariciando su rostro.

Pasados unos días les dieron el alta a ambas y a los bebés y pudieron irse a sus casas. Durante todos esos días, Cristian no había pasado por casa de Melinda pues había dormido todas las noches allí, al igual que Pedro.

Vieron que tenían mucho correo y lo recogieron, estuvieron mirando las cartas, muchas de ellas eran facturas, pero una era para Melinda y cuando vio el nombre casi le da un infarto. Era de Javier, no podía ni creerlo.

-Cariño, tengo una carta de Javier… -dijo con algo de temor.

-¿Y qué pone?

-Aún no la he leído, ven y la leemos juntos.

Cristian se sentó a su lado, mientras ella abría el sobre y extraía la carta que venía dentro. Desdobló el papel y la colocó de tal forma que ambos pudieran verla y leerla a la vez.

“Hola Melinda.
Sé que en el pasado te hice mucho daño, pero ya sabes que Enrique podía ser muy peligroso y dominante. La mayoría de las cosas las hacía para evitar que me rompiera la cabeza.
Es cierto, que tenía que haber tenido más personalidad y no dejarme llevar como si fuera una marioneta; pero lo hecho, hecho está y no puedo cambiar el pasado. Pero si el presente. Supongo que por eso, te salvé en el juicio, realmente me di cuenta de que Enrique no era mala persona, sino que estaba perturbado.
Sé que hice lo correcto aquel día, no podía consentir que te asesinara a ti y a tu bebé, que por cierto, imagino que ya habrá nacido. Espero que seas muy feliz y que la vida te sonría porque eres una buena persona.
Yo estoy aquí, cumpliendo condena, aunque supongo que sabes que por lo que hice me han reducido unos años la condena. Sé que me lo merezco por todo lo malo que hice, y tengo que cumplir la condena, pero al menos ahora tengo un motivo para cambiar y ser buena persona.
¿Cuál es el motivo? Me he enamorado de una de las enfermeras de la cárcel, es una chica estupenda. En parte me recuerda un poco a ti, pequeñita, morena, con una bonita sonrisa y unos ojos muy llamativos. Creo que Dios la ha cruzado en mi vida, para que me porte con ella, como debí haberme portado contigo.
Por supuesto, quería pedirte perdón por lo de tus padres, me arrepiento todos y cada uno de los días de aquello, y aún tengo pesadillas oyendo sus gritos de dolor. Solo espero que algún día puedas perdonar la monstruosidad que hice.
Y solo quería decirte que espero que seas muy feliz.
Un Saludo, Javier.”
Ambos se quedaron sin habla al terminar de leer la carta. –Vaya… - fue lo único que se le ocurrió decir a Cristian.

-Yo sabía que no era tan mala persona, pero Enrique arrastraba a todo el mundo y lo amenazaba.

-Pero eso no justifica nada de lo que hizo.

-Lo sé, pero… que me pida perdón y que intentara salvarme, demuestra que en el fondo no es malo. Solo que se juntó con el demonio…

-Bueno en cualquier caso le quedan muchos años de prisión.

-Lo sé, pero… me gustaría ir a verle alguna vez. Por favor… -dijo en tono de súplica.

-Está bien. Si tú crees que debes ir, alguna vez iremos. Pero más adelante. Pues lo importante es que en un mes escaso nos casamos.

-Eres estupendo y te amo. –contestó con una sonrisa.
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