Mis novelas publicadas

¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




miércoles, 3 de marzo de 2010

Amor sin límites capitulo 4

4º- Sentimientos que afloran…

Se levantó del sofá, se acurrucó en una esquina tapándose la cara con las manos. Cristian como pudo se levantó y se acercó a ella acariciando sus brazos. –Ey… no digas eso, ¿por qué te pones así?

-Yo no puedo querer a nadie, nadie puede quererme a mí, no valgo nada… -comentó muy apenada.

-Eso ni lo pienses, tú eres maravillosa. Y de no ser por ti, no estaría vivo… Te debo la vida, te debo volver a sonreír… y sobre todo te debo dejar de ser un imbécil. –dijo cogiendo su cara entre sus manos.

Ella tenía los ojos vidriosos, pero no pudo resistirse a la mirada tan profunda de Cristian, esos ojos le hacían perder la razón. –No merezco nada… pero te miro y… no pienso con claridad. –confesó ruborizada.

Se dieron otro beso, se dejaban llevar. Hasta que alguien tosió. –Perdón, no quería interrumpir. –contestó su padre. –Es que como tardabais en venir a la mesa por eso vine.

-Perdona papá, vamos a la mesa. –dijo Cristian.

Se levantaron y se sentaron para cenar. Nada más probar la comida Melinda se dio cuenta de que estaba riquísima. –Mm… está buenísimo.

-Gracias, me alegra que te guste. –contestó Annette sonriente.

Se escucharon las llaves de la puerta. Annette se dirigió a Cristian. –Debe ser Delia, ayúdala por si viene cargada.

Melinda se había quedado extrañada, no sabía de quien se trataba, pero no se levantó de la mesa, tan solo dejó de comer. A los pocos segundos entró Cristian abrazando a una chica, era joven, no muy alta, un poco rellenita, con el pelo negro y los ojos marrones color coca cola.

Annette se levantó y dio un abrazo a la chica. –Hija, ¡qué ganas tenía de verte! Te echaba mucho de menos…

-Yo también, mamá.

Así que Melinda suspiró en su interior, había pensado por un momento que sería la novia de Cristian. Pero resulta que era su hermana, pero claro, no se parecía en nada a ninguno de los 3, era muy raro.

-Mira Melinda, ella es mi hermana Delia. –comentó Cristian acercándose.

-Encantada, es un placer. –dijo Delia.

-Lo mismo digo.

Se sentaron a la mesa, Melinda seguía bastante sorprendida, no entendía cómo tenía los ojos marrones si Dennis los tenía azules y Annette verdes. Era imposible, o al menos raro…

-Delia ha estado una semana de viaje con unas amigas, han ido a Londres. Aunque se ve que se lo estaba pasando tan bien que no se acordaba de nosotros… -dijo su Annette fingiendo estar triste.

-Ya sabes que no es así. Pero con tanto turismo no recordaba que tenía que llamar. –contestó. –Y por cierto, ¿qué le ha pasado a mi hermanito?

-Que tiene la bocaza muy grande… -dijo Dennis riéndose. –Pero afortunadamente Melinda le ayudó.

La cena transcurrió tranquila, aunque Melinda se moría de ganas por saber porqué Delia no tenía ni por asomo un parecido a ninguno de los tres, pero pensó que no les gustaría que preguntara ese tipo de cosas.

Acabaron de cenar y todo fue estupendo, la verdad es que Melinda se dio cuenta de que era una familia encantadora. Estaba contenta de haberlos conocido, pero sobre todo de haber conocido a Cristian.

-Bueno, ya es un poco tarde, tengo que volver. –comentó Melinda levantándose.

-¿Ya te vas? –preguntó Cristian.

-Sí, que ya esta tarde, y mañana también abro la librería.

-Pues te llevo. –contestó acercándose a ella.

-Pero entonces tengo que dejar aquí el coche.

-Bueno yo mañana por la tarde cuando salga de la universidad te lo llevo. –respondió.

-Vale, de acuerdo. –dijo. –Ha sido un placer conocerles.

-El placer ha sido nuestro, y gracias de nuevo por ayudar a Cristian. –respondió Annette.

Melinda se despidió de ellos y se fueron al garaje, había dos coches, era un Mercedes de color plateado y un BMW negro. Cristian abrió la puerta del copiloto del BMW para que Melinda se montara.

Llegaron a su casa, Cristian recordaba muy bien dónde estaba la casa. Paró el coche y se quedó quieto. –Bueno… eh… te acompaño arriba por si acaso, no quiero que te pase nada.

-Claro, como quieras.

Entraron en el portal y subieron el piso de escaleras, quedándose junto a la puerta de la casa de Melinda. –Muchas gracias por acompañarme, y la cena estaba buenísima.

-Gracias a ti por salvarme la vida… -susurró acercándose a ella.

Estaban muy cerca el uno del otro, tan cerca que a Melinda le palpitaba muy fuerte el corazón, parecía que se le saldría del pecho. Se miraron profundamente a los ojos en silencio, y fue como si una chispa hubiera saltado a un montón de maderas y hubiera prendido fuego de golpe.

Porque a ellos les sucedió eso, se encendieron y empezaron a besarse de forma salvaje, era un beso que estaban esperando, un beso intenso, apasionado, casi no les daba tiempo a respirar.

Melinda se apartó un poco de Cristian para mirar el hueco de la llave y así poder abrir la puerta, pero él estuvo besándola todo el tiempo en el cuello, cosa que dificultaba su puntería para abrir la puerta.

Abrió la puerta y se metieron de golpe, cerrando la puerta a su paso de un portazo. Caminaban a ciegas chocándose con todos muebles, Cristian se dejaba guiar pues no sabía dónde estaba la habitación.

Llegaron a una de las puertas del pasillo y Melinda se detuvo, Cristian comprendió que esa era su habitación, así que abrió la puerta y la cogió en brazos para pasar dentro.

Se tumbaron en la cama y empezaron a quitarse ropa de forma urgente. Cuando estaban en ropa interior, Melinda se movió un poco para llegar a la mesilla de noche y abrir el cajón. Sacó un preservativo y se lo pasó a Cristian que sonrió.

¿Estás segura? –preguntó con la respiración acelerada.
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