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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




lunes, 29 de marzo de 2010

Renacer capitulo 10

10º- Efectos secundarios

La sesión acabó y salieron de la sala al pasillo donde esperaba Delia. Nada más verla se abrazó a ella. Al ver a Cristian a su lado lo supo, pero también sabía que no podía saberse nada. –Me alegro por vosotros. –susurró en voz baja.

-Bueno, mañana nos vemos en la siguiente sesión. Si tienes náuseas o dolor de cabeza toma paracetamol de 1gramo, pero todavía es pronto para los efectos secundarios. –explicó Cristian.

Ella asintió y le dedicó una enorme sonrisa, pues sabía que en el pasillo no podrían darse muestras de cariño, ya que cualquiera les podría ver. Cristian se acercó a ella, escribió algo en un papel y se lo dio.

Se marcharon directas al coche, aunque Melinda fue agarrada del brazo de Delia pues se sentía algo mareada. Montaron en el coche para ir directas a casa de Delia. Nada más montarse en el coche Melinda se puso a leer la nota. “Contaré las horas para ver tu preciosa cara mañana. Llámame cuando llegues. Estoy ansioso por poder besarte de nuevo”. Justo debajo de la nota había un número de móvil apuntado.

Al leerlo se sonrojó y en su rostro se dibujó una amplia sonrisa que su amiga vio al instante. –Bueno, ya me estás diciendo lo que pone en la nota.

-Nada, que le llame luego y que nos vemos mañana. –pensó que no era necesario especificar más sobre la nota.

Llegaron a casa, y Melinda se dio un baño para relajarse un poco y descansar del día tan largo que había tenido. Pero mientras estaba en la bañera, no paraba de pensar en Cristian, se sentía la chica más dichosa y afortunada que pisaba la tierra.

Era tal la alegría que le daban ganas de gritar, de gritar que estaba enamorándose de un chico fantástico, de un médico, de un ser tan maravilloso y único y que casualmente se sentía atraído por ella.

Las siguientes sesiones de quimioterapia no fueron tan buenas, Melinda estaba más mareada y con náuseas según pasaban los días. A pesar de ello, seguía con fuerzas pues todas las noches hablaba con Cristian por teléfono, y cuando salía antes del hospital, iba a casa de Delia a verla.

Por su parte, Delia y Kirian no habían dejado de verse todas y cada una de las tardes desde aquél día que tomaron café. Se compenetraban muy bien, como si siempre hubieran estado destinados a estar juntos y amarse.

Melinda estaba más o menos animada, pues Cristian la apoya hasta lo imposible, pero se encontraba mareada, siempre con náuseas, le faltaban las fuerzas… sabía que eran los efectos secundarios, pero no podía evitar ponerse triste y malhumorada.

Un día fue la gota que colmó el vaso, había terminado de ducharse y mientras se peinaba, vio que se quedaban muchos cabellos en el cepillo y que incluso empezaba a asomársele alguna calva.

Eso fue demasiado para su estado anímico, no soportó la imagen reflejada que veía de sí misma, de su estado actual, pegó un puñetazo al espejo con todas sus fuerzas. El cristal del espejo se había resquebrajado, y en el puño de Melinda había una gran brecha que sangraba a borbotones.

Con el ruido de los cristales rompiéndose, Delia se asustó y fue corriendo al baño, se encontró a Melinda en el suelo con toda la mano cubierta de sangre y llorando desesperada, el espejo roto y con rastros de sangre.

-¿Qué ha pasado?

-Me estoy quedando calva… -dijo entre sollozos.

-Nena, sabías que tarde o temprano pasaría. Además, es pelo, y el pelo vuelve a crecer. –intentó consolarla.

-Pero estando así nadie va a querer mirarme a la cara, y se reirán de mí…

-Nadie se va a reír de ti, y al que se ría le parto la cara. –contestó seriamente.

Eso hizo que Melinda se riera levemente, ambas se abrazaron y luego Delia ayudó a Melinda a levantarse. Le miró el corte de la mano y puso mala cara. –Anda, voy a curarte eso antes de que se te infecte. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer algo así?

-Es que no sé, enloquecí, no me gustaba lo que estaba viendo.

-¿Y por eso me dejas sin espejo? –preguntó haciendo un puchero.

-Lo siento… -se disculpó muy arrepentida. –Te compraré otro.

-Tranquila, no pasa nada. Pero la próxima vez que te apetezca romper algo dímelo y te doy algo que vaya a tirar. –comentó con una sonrisa divertida.

Estuvo curando la herida y se la vendó para que no le molestara ni sangrara. Y se montaron en el coche para ir al hospital, no sin antes ponerse un gorrito negro en la cabeza, no quería que nadie la mirara. Delia luego se tenía que ir a trabajar, pero llevaba a Melinda en el coche.

Entró al hospital ella sola, pues su amiga ya tenía que irse, como todas las mañanas estaba ansiosa por ver a Cristian. Cada día que pasaba le encontraba más y más guapo, era algo asombroso y digno de ver.

Le esperó en el pasillo, al lado de la sala de la quimioterapia, y no tardó mucho en verle caminando por el pasillo, con su bata blanca como la nieve y una sonrisa que la estaba dejando sin aliento.

Pero lo primero en que se fijó Cristian fue en el vendaje de la mano, por lo que su expresión fue de alarma y preocupación. -¿Qué te ha pasado? ¿Estás herida?

-Nada es que… ya ha empezado el efecto secundario que más temía y me he cabreado…- confesó.

Cristian lo comprendió en seguida, pues durante todas las sesiones no había hecho otra cosa que alarmarse ante la idea de que se le cayera el pelo. –El pelo crece, no debiste ponerte así.

-Es que me gustaba mucho mi pelo, y ahora… voy a verme espantosa cuando se me termine de caer… -hizo un puchero y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Eso entristeció mucho a Cristian, deseaba abrazarla, besarla, hacerla suya, en ese instante, en el que ella le necesitaba más que una flor necesitaba al sol. Miró a su alrededor, y al ver que no había nadie arrastró a Melinda al baño de chicas que estaba al lado, cerrando la puerta.

Miró dentro de los lavabos para comprobar que estaban solos y se encerró con Melinda en uno de ellos. Ella estaba algo extrañada, sabía que estaban en un sitio peligroso, y que alguien podría verlos.

-Sabes que pueden pillarnos. –dijo secándose las lágrimas.

-No aguanto más, solo puedo mirarte y hablar contigo como si fueras una simple paciente, y eso me mata. Deseo besarte y gritarle a todo el mundo que te quiero, pero no se puede por unas estúpidas normas. –contestó algo molesto.

-Pero sabes que de momento tiene que ser así. Por tu trabajo. –intentó calmarle.

Él estaba tan desesperado por poder acariciarla y besarla que no pudo controlarse. Se acercó a ella lo más que pudo, no era muy difícil ya que el habitáculo del baño no era demasiado grande.

Se acercó más y más, sus cuerpos estaban muy cerca, tan cerca que se notaban sus respiraciones, hasta que se unieron en un cálido beso, apasionado, necesitado, esperado por ambos y que calmó su sed interior.

Ese beso empezó a ser más profundo, ambos estaban muy implicados, se acariciaban por cada parte a la que llegaban. Y esa necesidad del otro fue en aumento, ella metió la mano por entre la ropa de Cristian acariciando su torso, y eso hizo que enloqueciera.
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