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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




jueves, 25 de marzo de 2010

Renacer capitulo 5

5º- Peligro

-¿Quién te ha dicho que vinieras? –preguntó Melinda en tono enfadado.

-Eres mía, vengo si me da la gana. –respondió la voz de un chico.

-De eso nada, ya no quiero estar más contigo. Así que, vete. –ordenó ella.

-No digas tonterías. Yo no me voy porque tú eres mía y de nadie más. En cuanto te den el alta vuelves a casa, está todo hecho una porquería, y necesito aliviarme un poco. –contestó con desprecio.

-Pues búscate a otra, ya no te aguanto. No pienso seguir siendo tu esclava.

-Eso lo veremos… -dijo con voz amenazante el chico.

Eso no le gustaba a Cristian, esa voz no le resultaba conocida, no era del amigo de Melinda, sería de “su novio”. Todo se quedó en silencio y eso le perturbó terriblemente, hasta que empezó a oír sollozar a Melinda y la escuchó gritar.

-¡NO, NO ME TOQUES! DÉJAME. –gritó.

Esos gritos desesperados fueron demasiado, no consentiría que nadie la hiciera daño. Abrió la puerta de par en par, y casi se le salieron los ojos de sus cuencas ante lo que estaba viendo.

Había un chico de pelo negro y muy delgaducho, tumbado encima de Melinda, ella tenía el camisón del hospital desgarrado, y el chico los pantalones medio bajados. Ella lloraba desconsoladamente, pero al ver a Cristian sus ojos pedían auxilio con desesperación.

-¿Qué está haciendo? ¡No se atreva a tocarla! –amenazó.

-No es asunto suyo, doctor. Es mi novia, solo queremos algo de intimidad. –contestó volviendo a manosear a Melinda.

Cristian se acercó enfurecido como no lo había estado nunca, y cogió por la camiseta al chico tirándole al suelo para quitárselo de encima a Melinda. Ella se asustó pero respiró algo más aliviada al no tenerle encima.

-Voy a llamar a los de seguridad. –dijo cogiendo el teléfono de la habitación.

Se quedó vigilándole para que no se moviera, pero fue a ver a Melinda. – ¿Te encuentras bien?

-Me duele… -dijo con su mano en las vendas de la operación.

-Tal vez se te ha saltado algún punto. Ahora en cuanto se lo lleven te lo miro. –contestó con voz amable.

Pero su semblante cambió cuando giró la cabeza hacia el chico que aún estaba en el suelo, con la nariz rota de la caída. –Supongo que este es tu novio.

-Ya no lo es, era lo que intentaba decirle. Pero Enrique no quería escuchar. –contestó ella.

A los pocos minutos llegaron los de seguridad a llevarse a Enrique. Melinda estaba algo más tranquila, pero al ver que Enrique se resistía se asustó un poco y volvió a llorar.

-Tranquila, no te hará nada. –le dijo a Melinda. Antes de que se llevaran a Enrique se puso a hablar. –No le permitáis el paso al hospital. Y si intenta colarse que le detenga la policía.

-De acuerdo, doctor. –contestó uno de ellos antes de salir de la habitación.

Nada más cerrarse la puerta, Melinda como si fuera un acto reflejo se abrazó a Cristian y comenzó a llorar. Lo cierto es, que estaba muy a gusto así, era como estar en una burbuja en la que nada malo podía entrar.

Él al principio se quedó algo sorprendido por su reacción, pero al tenerla entre sus brazos la apretó contra su pecho, ansiaba tanto poder besarla, acariciarla… que quería dejarse llevar, pero una especie de interruptor en su cabeza, le recordó que era una paciente.

-Yo… Melinda, tú eres encantadora, pero… también eres mi paciente…

-Lo sé. Sé que es imposible, pero no lo puedo evitar. –contestó mirándole a sus preciosos ojos azules.

Él no estaba preparado para lo ocurrido, para tenerla entre sus brazos sabiendo que estaba prohibida. Pero recordó las palabras de su hermana, en cuanto dejara de ser su paciente, no habría impedimento para que estuvieran juntos.

-Cuando estés recuperada, dejarás de ser mi paciente, y podremos estar juntos. –dijo muy seguro de sí mismo.
Eso ilusionó de forma desmesurada, estaban tan cerca el uno del otro. En ese instante se percató de que Cristian olía muy bien, intentó concentrarse y en seguida supo que olía a Calvin Klein, la colonia de chico que tanto le gustaba.

No pudo evitarlo, dejó que su cuerpo actuara solo, que sus extremidades se movieran, su rostro se acercaba al de Cristian pausadamente, sus alientos se entremezclaban. Ambos se miraban fijamente a los ojos, no podían desear estar en otro lugar en ese instante.

Hasta que por fin sus labios se rozaron, era un beso lento, tranquilo, apasionado, jugueteaban con sus lenguas de forma muy tierna. Tras unos minutos finalizaron ese beso con una sonrisa.

-Han podido vernos… lo siento. –se disculpó.

-No pasa nada. Además esto ha sido como un adelanto. –dijo con picardía.

-Me gustaría tener otro adelanto…

Ella sonrió y le abrazó fuerte aprovechando su cercanía, sobre todo porque sabía que debían tener cuidado. No por ella, si no para que Cristian no tuviera problemas en el hospital.

Miró los puntos, y se lo curó, era cierto que uno de ellos se le había saltado. Pero la curó con tanta delicadeza que ella no sintió ningún dolor. Se daba cuenta de lo buen médico que era Cristian.

La ayudó a cambiarse de camisón, pues Enrique le había roto bastante el que llevaba puesto. Ambos sintieron algo de vergüenza, pero si avisaban a alguien no podrían estar más rato a solas. Además ella estaba en ropa interior, un bonito conjunto azul cielo, con bordados en azul marino.

Se quedaron hablando un rato, pero Cristian tenía que irse, pues su hermana no tardaría en llegar al hospital. –Puf, no quiero irme, me apetece mucho quedarme contigo… Pero tengo que dejarles el coche a mi hermana y mi cuñado.

-¿Tan malos son?

-No es eso, es que mi hermana le rompió el coche a mi cuñado y lo tiene en el taller. Miedo me da solo de pensarlo… -comentó fingiendo cara de miedo.

Melinda sonrió ante el comentario y la reacción de Cristian, lo cierto es que a pesar de estar mala, se sentía feliz, de saber que le importaba a alguien. –Yo echo de menos mi coche…

-¿Qué coche es?

-Un honda Cívic negro, es precioso. –dijo muy orgullosa.

-Bueno pronto podrás cogerlo. No estarás muchos días ingresada. A la quimio podrás venir sin tener que estar ingresada. –comentó él.

Ella al recordar lo de la quimio, los efectos secundarios, como nauseas, alopecia y demás se quedó muda. Estaría espantosa, entonces si que Cristian no querría estar cerca de ella. –Estaré calva y fea… ¡qué horror! –dijo tapándose la cara.

-No digas eso. Además solo será algo temporal. –se acercó a su oído para susurrarle. –Además yo te voy a encontrar guapa estés como estés. La más linda de todas.
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