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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




viernes, 26 de marzo de 2010

Renacer capitulo 7

7º- Profunda tristeza

Eso supuso una gran decepción, de verás se había ilusionado con Cristian. Pero en el fondo se imaginaba que una persona tan fantástica no podía fijarse en ella y quererla. Ella no estaba hecha para que la quisieran.

No pudo controlarse y se puso a llorar, lo que alarmó mucho a Delia. – ¿Te encuentras mal, Mel?

-Es que Cristian estaba raro, supongo que no está interesado en mi, era imposible. – contestó llorando y sin mirarla.

-No digas eso… vi cómo estabais ayer. Y le gustas.

-Pues debe habérsele pasado, porque casi ni me ha mirado.

Esa fue la última frase que dijo Melinda en toda la semana, comía porque Delia la obligaba, y cuando Cristian la revisaba ella tenía la mirada perdida, era como un robot sin sentimientos.

La semana pasó lenta, tan lenta que parecía que el tiempo iba a un ritmo más lento, a un ritmo más pausado. Delia se sentía mal porque sabía lo que le pasaba a su amiga, pero no quería agobiarla ni presionarla.

Darío intentaba sacarle alguna sonrisa cada vez que iba, pero Melinda caía más y más hondo, un pozo muy profundo de tristeza y amargura del que le iba a resultar imposible salir si no la ayudaban de alguna forma.

Le dieron por fin el alta, y mientras se vistió, Delia se quedó en el pasillo con Darío. –Yo la veo muy mal, no sé, cada día está peor…

-Lo sé, nunca la había visto así. –comentó Darío.

-Yo…. Bueno hace un par de días quedé para tomar un café con Kirian, el médico de Melinda y… me gusta… -confesó sonrojada, pero siguió hablando. – Y también le hablé sobre Melinda.

-¿Y qué te dijo?

-Pues… que Cristian está también distraído, pero puede ser peligroso que salgan juntos por su trabajo, se jugaría su puesto aquí en el hospital. –comentó.

-Vaya… se le ve muy majo y agradable, y a Melinda le había gustado, pero claro, no querrá arriesgar su trabajo. –dijo Darío. –Pero de todas formas… si se gustan no es algo tan malo…

-Bueno, lo que tenemos que hacer es animar a Melinda, me la voy a traer a casa, pero tendríamos que coger sus cosas…

-Os llevo, ni por asomo os dejo ir solas con ese estúpido allí. –contestó irritado.

-Vale, voy a ver si necesita ayuda para terminar de vestirse, espera aquí.

Melinda ya estaba vestida con su ropa de calle, y la pequeña maletita con sus cosas estaba hecha. Ella descansaba sentaba en la cama mirando a la pared con la cara inexpresiva.

-Cariño, Darío está en el pasillo, nos vamos.

Ella se levantó como un robot y caminó despacio hasta la puerta con Delia a su lado. Darío al ver que salían se acercó a ellas y abrazó con delicadeza a Melinda que no le respondió el abrazo.

-¿Cómo está mi chica guapa?

Melinda tan solo le miró a los ojos, entonces Darío pudo ver que en esos ojos tan especiales no había nada, estaban vacíos sin brillo, sin alegría, sin nada, tan solo una profunda tristeza que la envolvía por completo.

Ya no hablaron más, sentían que cuanto más intentaban que hablase Melinda, ella se sentía peor porque no quería hablar y no tenía ganas de ello. Se montaron en el coche de Darío, un Honda Accord azul eléctrico.

El camino fue silencioso salvo porque llevaban música muy bajita, pues ese silencio tan sepulcral era demasiado incómodo. Pararon en la casa de Melinda, salieron del coche y ella al ver dónde estaban se puso nerviosa.

-Tranquila, vamos a entrar a coger tu ropa y algunas cosas. –comentó Darío abrazándola.

Eso pareció tranquilizar levemente a Melinda, que caminó lentamente detrás de ellos mirando al suelo. Seguía algo nerviosa sobre todo por si veían a Enrique, pero también quería coger sus cosas.

Darío le pidió las llaves a Melinda y abrió con cuidado y lentamente la puerta. –Quedaos detrás de mí hasta que os lo diga.

Entraron despacio en la pequeña casita que había sido de Melinda, pero aún seguía Enrique viviendo allí y además ella no quería volver a vivir en esa casa nunca. La casa estaba en silencio, vacía, Enrique debía haber salido a algún sitio o de copas como siempre.

-Coged vosotras las cosas, que yo voy a echar un vistazo por la casa. –dijo Darío.

Ellas fueron a la habitación, recogieron deprisa la ropa, no querían estar allí mucho rato. Cogieron algunas cosas más de Melinda, como las cosas de higiene personal, algunos libros, y el álbum de fotografías de sus padres.

Salieron de la habitación pero cuando estaban en el pasillo escucharon voces. -¿Qué haces tú aquí? –preguntó Enrique muy enfadado.
-Hemos venido a que Melinda recoja sus cosas. –respondió Darío.

Ellas fueron a la entrada de la casa, estaban Darío y Enrique frente a frente con las expresiones llenas de furia. –Tú, zorra, de aquí no te vas. Siempre vas a ser mía.

Melinda empezó a llorar, estaba temblando de miedo y se abrazó a Delia. –Déjala en paz, ella no te quiere. –dijo Delia.

-Vamos chicas, nos vamos de aquí, Melinda tiene que descansar. –les hizo una seña para irse.
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