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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




martes, 27 de abril de 2010

Aidiente pasión capitulo 12

12º- Mente atormentada

Pero esa noche mágica acabó, despertaron y esa mañana irían a ver a Adriana, tenía una cita con la psiquiatra del hospital para decidir si la internaban en un psiquiátrico o no.

Kirian tenía que ir al hospital, así que dijo que acompañaría a Melinda y a Delia. Y Cristian también fue con ellos, porque Melinda fue muy persuasiva para que la acompañara, le resultó imposible negarse a ella.

Llegaron al hospital, Pedro había pasado la noche en ese incómodo sofá, y no había dormido demasiado bien, pues cada cinco minutos Adriana se ponía a llorar o tenía una pesadilla.

-Hermanita. ¿Cómo te encuentras? –preguntó Melinda.

-Desde que despertó no ha pronunciado palabra. Tan solo lloraba o gritaba a causa de las pesadillas. –susurró Pedro muy bajito.

Estuvieron con ella hasta que llegó la psiquiatra. Tuvieron que esperar fuera mientras que la evaluaba. Se sentaron en el pasillo, las dos hermanas estaban calladas, ninguna palabra podía reconfortarlas, y Pedro estaba ausente mirando la puerta de la habitación.

Pasados unos minutos, se oyeron unos gritos de la habitación, y entraron corriendo muy alarmados. – ¿Qué ha pasado? –preguntó Pedro con desesperación en la voz.

-No hacía más que preguntarla cosas para que respondiera, pero no articulaba palabra. Cuando le he preguntado porqué se suicidó se puso a gritar y a llorar. –contestó la psiquiatra.

-Bueno y ¿ahora qué? –preguntó Delia.

-Mucho me temo que deberá ingresar un tiempo en el centro. Una persona con tendencias suicidas debe seguir un tratamiento.

-¿Internarla? ¿Por qué? ¿No puede tomar medicación en casa? –Melinda estaba muy angustiada.

-No, al menos hasta que la hagamos una evaluación completa. Hoy mismo me la llevo. Lo lamento mucho. Os dejaré unos minutos para despediros.

Estuvieron hablando un rato con ella, o al menos intentándolo. Ella no reaccionaba, ya ni siquiera lloraba. Estaba ausente como si su cuerpo estuviera en esa camilla pero su mente y su corazón estuvieran muy lejos.

Se la tenían que llevar, y ese fue el momento más duro para Delia y para Melinda, y Pedro apretaba los puños para intentar contenerse y no ponerse como un loco. Ellas se abrazaron a sus novios, necesitaban su apoyo, con un abrazo para sentir su cariño en ese momento en el que se llevaban a su hermana.

Decidieron ir a casa, tenían que arreglar bien la puerta y limpiarlo todo. Ellos se ofrecieron a ayudarlas. La puerta no cerraba bien, así que entre los tres estuvieron cambiando la cerradura de cuando la había roto Pedro.

Lo peor para ellas fue entrar al baño a limpiar. Toda la bañera tenía sangre y el suelo. Eso fue demasiado para Melinda, estuvo recordando el momento en que la encontró en el baño y sintió como las piernas le fallaban.

Afortunadamente, Cristian estaba a su lado y al darse cuenta la sujetó por la cintura. – ¿Estás bien?

-Es que me he acordado de cuando la encontré y… -no pudo continuar, sus ojos se pusieron vidriosos.

-Ey… tranquila. –susurró abrazándola para intentar calmarla.

-¿Podéis limpiarlo vosotros? Yo… lo siento… no puedo. –dijo y salió corriendo del baño.

Se sentó en el sofá y se tapó la cara con las manos, comenzando a llorar. Estaban siendo demasiadas cosas juntas, necesitaba un respiro, un momento de calma en un sitio en el que nada malo pudiera afectarla.

Esos minutos en ese lugar de paz y felicidad se vieron interrumpidos por la voz de Cristian y el roce de su mano sobre su espalda. – No me gusta verte llorar, me duele el alma verte así.

-Es que ya no puedo más… -contestó entre sollozos. –Primero lo de mis padres, las quemaduras de Adriana, las malas caras de Darío, el intento de suicidio. Y por si fuera poco, ahora esto…

-Es una mala racha, pero todo pasa. –contestó apretándola contra él.

-Ya no puedo con todo, soy la mayor, la que debe ocuparse de ellas y mira lo “bien” que lo hago… -dijo con ironía.

-No digas eso. Además tú no tienes la culpa de esas cosas. No puedes culparte de cosas que no están al alcance de tu mano.

-Abrázame fuerte, por favor…-suplicó.

Él se apretó más contra ella, no dijo nada. Sabía que en ese momento solo necesitaba sentir su apoyo, pues no había palabras suficientes que pudieran reconfortarla de semejante dolor.

Pasado un rato, Kirian, Pedro y Delia salieron del baño, pues ya habían acabado de limpiar la sangre. Pero Delia estaba también bastante afectada por la situación. Ellos sentían una gran impotencia de no poder hacer nada para cambiar las cosas.

Pasaron el resto del día juntos, pues ellas no soportaban la idea de estar solas, y Pedro se había mudado allí cuando se casó con Adriana hasta que tuvieran suficiente dinero para buscarse un piso.

Ese día, estuvieron muy callados, era irritante tantísimo silencio, pero era comprensible que no quisieran hablar de nada. Así que pusieron la televisión para que al menos no estuviera todo en un silencio tan sepulcral.
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