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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




domingo, 2 de mayo de 2010

Ardiente pasión capitulo 21

21º- El desconocido

-Mm… ¿Con quién hablas tan temprano? –preguntó Cristian medio adormilado.

-Con tu hermana.

Cristian al oír eso, reaccionó y se incorporó de golpe. – ¿Con mi hermana? ¿Es que le pasa algo?

-Me llamaba para ir a tomar un café esta tarde. –contestó besándole. No quería que siguiera preguntando cosas.

Él se dejó llevar encantado, pero pronto Melinda le dejó con las ganas. –Venga, a levantarse que hay que desayunar e ir al trabajo.

-No es justo… -se quejó. –te pones cariñosa y ahora no me dejas seguir. –replicó mientras seguía abrazando y besando a su novia.

Empezó a profundizar en los besos y caricias. A Melinda le resultaba imposible pensar con claridad cada vez que besaba a su novio, era como una droga a la que estaba profundamente enganchada.

-Pero pronto llamaron a la puerta. –Toc, Toc. Os estamos esperando para desayunar. –dijo la voz de Kirian desde el pasillo.

Cristian suspiró y esbozo un puchero. –Mi hermanito, siempre tan oportuno como él sabe…

-No digas eso. Ya tendremos tiempo de estar juntos. –contestó apurando unos segundos el abrazo antes de levantarse.

El día fue tranquilo como cualquier otro. Salvo para Melinda, estaba intranquila, bastante preocupada por Samanta. Solo deseaba que el día pasase para poder verla y hablar con ella del tema.

Miraba cada cinco minutos el reloj, y nada más salir del trabajo fue a recoger a Samanta. Llamó a la puerta y abrió. Samanta tenía ya una barriguita de 5 meses, pero estaba con una expresión vacía, no mostraba alegría ni sentimientos positivos.

Ella se abrazó a su amiga, con cuidado de la tripita. – Hola nena, ¿Cómo te encuentras? –preguntó Melinda.

-Bueno… más o menos. –contestó. –No le habrás dicho a Cristian nada sobre cómo me encuentro ¿No?

-Tranquila, solo le dije que habíamos quedado para tomar un café.

Bajaron a una cafetería cercana, pues Adriana estaba bastante fatigada, y aunque ya caminaba bastante bien, aún necesitaba algo de ayuda de muletas. Melinda la ayudó a caminar y a sentarse.

-Sé que es difícil, pero tienes que estar animada y seguir bien cada día, por este pequeñín. –contestó tocando la abultada barriguita.

-De verdad que lo intento, pero me cuesta mucho.

-Es normal pero poquito a poquito lo irás consiguiendo. Y si necesitas cualquier cosa ya sabes que puedes contar conmigo.

-Lo sé, te quiero mucho. Gracias por dejar que te de el coñazo. –dijo algo emocionada por la situación.

-Nunca digas eso. Tú no me das el coñazo. Eres mi amiga, y media cuñada. –respondió abrazándola.

Pero con el embarazo tan avanzado, iba al baño muy a menudo, y Melinda dijo que la esperaría en la mesa. Mientras se levantaba Samanta, se dio cuenta de que en el bar había un chico rubito, de ojos marrones y bastante guapo, que no paraba de mirar a Samanta según se dirigía al baño.

Pocos minutos después, Samanta volvió del baño, pero se le cayó el bolso al suelo. Antes de que se moviera para cogerlo, el chico rubito se había agachado para recogerlo.

-Ten, se te ha caído. –dijo con una mirada penetrante y profunda.

-Eh… gracias. Es que con el embarazo no puedo moverme igual. –contestó con una tímida sonrisa.

-Tu novio debe sentirse afortunado, de esperar un hijo de una chica tan guapa. –respondió haciendo que Samanta se sonrojara.

-Pues no tengo novio, voy a ser madre soltera.

-Vaya… eso es admirable… -contestó sin dejar de mirarla. –Por cierto, mi nombre es Javier.

-Yo soy Samanta, y ella es mi amiga Melinda. –dijo señalando a su amiga.

Melinda se acercó a los dos y se presentó. Se sentaron en la misma mesa y estuvieron un rato hablando. Samanta estaba distinta, volvía a tener un brillo en los ojos y por primera vez en mucho tiempo, había vuelto a sonreír de verdad.
Se hizo algo tarde, así que decidieron irse, pero Javier se quedó muy apenado. –Espera, yo… -empezó a decir. –Me gustaría volver a verte si tú quieres.

-Pues eso sería estupendo. –respondió.

Cogió una de las servilletas del bar, la partió por la mitad y en una de las mitades escribió su número para dárselo al chico. Él hizo lo mismo y en el otro pedazo de servilleta escribió su teléfono.

Salieron del bar despidiéndose de Javier. El cambio del estado anímico de Samanta era bastante evidente, y Melinda se alegraba por su amiga. Había estado demasiado tiempo entre la sombra del dolor, se merecía ser feliz.

-Es un chico encantador, y le has gustado. –dijo sonriendo.

-Bueno… sí no sé… -balbuceaba.

-Pues claro que sí, si era evidente. Y reconoce que a ti también te ha gustado ¿Verdad? –preguntó con picardía.

-Sí, pero todavía no digas nada a nadie. Tal vez no me vuelve a llamar y no quiero hacerme ilusiones.

-Está bien. Será nuestro secreto. No diré nada, pero con una condición.

-Uy uy… ¿Qué condición? –preguntó algo reticente.

-Que me vayas contando si te llama o no y cómo te va con él. –contestó abrazando a su amiga.

-¡Claro que sí! Sabes que eso no tienes ni que decirlo.

A partir de ese día, Melinda estaba más emocionada, pero eso mosqueaba mucho a sus hermanas y sobre todo a Cristian. Empezó a preocuparse, porque estaba distinta y no quería decir la razón.

Siempre estaba con llamaditas y riéndose de mensajes de móvil que le llegaban a todas horas. Cristian sabía que Melinda era el amor de su vida, pero algo en su interior se removía…

Una tarde, no aguantaba más, necesitaba hablar con alguien o le daría un infarto. Melinda había salido como cada tarde, ella había dicho que había quedado con Samanta, pero Cristian estaba algo preocupado y se puso a hablar con su hermano.

-Últimamente, está muy rara. No sé con secretitos, riéndose de mensajes que le llegan a todas horas, con llamadas que no quiere que oiga. Estoy preocupado…

-¿Preocupado?

-¿Y si está viéndose con otro chico?
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