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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




martes, 4 de mayo de 2010

Ardiente pasión capitulo 24

24º- Las cosas claras

-¿Y por qué no es sincera conmigo y me dice lo que me oculta? –preguntó encarándose con sus hermanos.

-Porque era una sorpresa, ¡pedazo de idiota! –dijo al fin Samanta.

-¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa necesita que se vaya todas las tardes y que esté con llamadas y mensajes misteriosos? –preguntó sin comprender nada.

-Es una sorpresa que te esta preparando Melinda para el cumpleaños. Pero desde luego ya no te mereces ni que te mire a la cara. –respondió.

-¿Era eso? ¿Y por qué no me lo ha dicho? –preguntó indignado.

Entonces, se dio cuenta de las cosas que le había dicho a su querida Melinda y cómo la había tratado. Corrió a la habitación y tocó a la puerta. –Mel, soy yo ¿Podemos hablar?

-Déjame. No quiero hablar contigo. –contestó muy seca.

-Por favor, quiero que hablemos. –pidió con voz amable.

Ella no respondió y eso le dolió mucho a Cristian. Su hermana la interrumpió. –Te lo tienes merecido por celoso y por idiota. –contestó ella mirándole muy seria, pero en seguida cambió su expresión al ver la tristeza de Cristian.

-Tienes toda la razón. Lo siento ¿Puedes hablar con ella? –su voz era suplicante. – Por favor…

-Está bien… aunque más te vale recompensar a Melinda por cómo te has comportado esta tarde con ella.

-Claro hermanita. De verdad que voy a arreglarlo. –prometió abrazando con cuidado a su hermana.

Samanta se acercó a la puerta y tocó con los nudillos. –Nena, soy yo, ábreme, que quiero entrar.

Al momento, Melinda abrió la puerta, Cristian solo pudo verla de refilón pero pudo ver cómo por su rostro seguían cayendo innumerables lágrimas. Eso le hizo sentirse horrible y rastrero, no volvería a ser el causante de un llanto de su querida Melinda.

Samanta se sentó al lado de Melinda en la cama. -¿Qué ha pasado? Cuéntamelo, por favor.

-Llegué y se puso como loco. Hasta me sujetó la muñeca. –dijo mostrando la muñeca en la que aún estaban señalados los dedos de Cristian. Samanta abrió los ojos de par en par al ver eso. Su hermano jamás había sido violento y menos con una chica.
-Kirian y yo hemos estado hablando con él. Está todo aclarado. Está muy angustiado por lo todo lo que te ha dicho. –contestó Samanta.

-Pero no tenía porqué ponerse así. Jamás le he dado motivos para que desconfíe de mí. –dijo. –No sé porqué se ha puesto celoso.

-Mel, tú eres la segunda chica con la que ha estado. Estuvo con una chica que lo trataba fatal. Le ponía los cuernos con todo el mundo pero él la seguía perdonando porque la quería. –explicó ella.

-¿Y si le engañaba por qué seguía con ella? –preguntó un poco confusa.

-Porque la quería mucho. Se resignaba pensando que algún día cambiaría, pero no cambiaba. Le costó mil horrores dejarla, pero finalmente la dejó. –contestó. –No volvió a fijarse en ninguna otra chica hasta que te conoció a ti. Por eso tiene tanto miedo a que le estés engañando.

Vaya… supongo que ahora entiendo que con tantos secretos, pudiera llegar a pensar eso. Aunque pudo habérmelo preguntado de otra manera.

-Aunque le he tenido que decir que le estás preparando una sorpresa por el cumpleaños. –contestó.

-Pero no quería que se enterara… –se quejó Melinda.

-Solo le he dicho que es una sorpresa, no he dicho nada más. Aunque ya puestos, podías darme a mi, más detalles. –pidió haciendo un puchero.

-Lo único que voy a decirte es que, la sorpresa os gustará a todos. Y bueno… en realidad son dos sorpresas, pero no pienso decirte nada más. –dijo con una sonrisa.

-¡No es justo! –se quejó sacándole la lengua.

Ambas rieron, y Melinda, que ya no estaba enfadada, se acercó a la puerta y la abrió. Cristian estaba de pie junto a la puerta con la cara angustiada. Ella no dijo nada, tan solo se acercó y le abrazó.

Él la abrazó fuerte. –Lo siento. No pretendía ponerme como me he puesto antes. De verdad que lo siento mucho.

-Lo sé. Tranquilo. –contestó dándole un beso muy fugaz.

Fueron al comedor, y se sentaron los cuatro. Entonces Cristian se fijó en la muñeca de Melinda, veía las marcas que le había dejado y se sintió terriblemente mal, una persona espantosa. – ¿Lo hice yo?

-Es que me sujetaste muy fuerte la muñeca, y sabes que yo soy endeble.-contestó restándole importancia.

-Soy un estúpido. Perdóname. Deja que te lo mire. –dijo.
-No es nada. Además el médico es tu hermano. –contestó ella más tranquila.

Estuvieron algo más tranquilos, y cuando regresaron Adriana, Pedro y Delia, estuvieron relatando lo ocurrido. No se imaginaban que pudiera haber pasado semejantes malentendidos.

A partir de ese día, Cristian se sentía tan arrepentido por lo ocurrido que intentaba tener a Melinda entre algodones. Sentía que era una persona horrible por haber tratado a Melinda de esa forma y que no merecía su perdón.

Intentaba colmarla de cariño, amor, cada día la dejaba en la almohada una cala blanca, pues sabía que eran sus favoritas. Ella siempre le decía que no era necesario, pero él necesitaba arreglar lo que había estropeado con sus celos desmedidos.
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