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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




viernes, 7 de mayo de 2010

Ardiente pasión capitulo 31

31º- Reencuentro inesperado

-Melinda, llevaba unos días encontrándose mal, no dormía prácticamente nada, le aterraba que os pudiera pasar algo.

-¿Cómo no me dijo nada?

-Porque podrías alterarte demasiado y adelantarte el parto.

-Bueno y ¿Qué es lo que pasó para que se desmayara?

-Su cuerpo estaba al límite, el estrés era tan grande que su cuerpo ha dicho “basta”. -contestó Dennis. –Ahora está descansando, su cuerpo lo necesita después de tanto tiempo.

-Entonces ¿Ahora solo está durmiendo? –preguntó.

-Sí, ahora ya se encuentra bien, solo que necesita dormir y descansar mucho.

Los demás vieron a la niña, se quedaron anonadados con lo preciosa y pequeñita que era, pues había nacido casi 2 meses antes. Daniela la miraba con asombro e intentaba acariciarla. –A la niña le ha gustado, es que es muy linda. –dijo Samanta.

Se fueron turnando para que Melinda y la niña no estuvieran a solas, pues Cristian no despertaba aún. Estuvo durmiendo casi 24 horas, Melinda estaba algo angustiada, pues nunca había dormido tanto. Pero claro, si llevaba tanto tiempo sin dormir demasiado pues era normal. Y la verdad es que le encontraba encantador, dormía tan plácidamente como un niño.

No podía dejar de mirar cómo dormía, pensar que se había quedado las noches en vela solo para comprobar que estaba bien, era un detalle precioso. Vio como empezó a abrir lentamente los ojos. –Mel… Mel… -suspiró.

-Estoy aquí, mi amor. –dijo Melinda.

Se incorporó ligeramente para ver mejor a Melinda que sonreía desmesuradamente. – ¿Dónde estamos?

-En el hospital. Te desmayaste.

-¿Y el bebé? –preguntó nervioso.

-Aquí a mi lado. –contestó tranquila. Se incorporó para coger a la niña y que la viera. –Mira es Evelyn y es preciosa.

Él la miró asombrado, se levantó y Melinda se la puso entre los brazos. –Es… muy bonita… pero… ¿Cómo es que ya está aquí? Aún no te tocaba. –dijo extrañado.

-Al ver lo que te pasó, me puse tan nerviosa que la niña vino. –dijo. –No quiso esperar a su padre.

-¿La llamaste Evelyn? –preguntó. –Es un nombre precioso.

-Me alegra que te guste. Es que no sé, tuve mucho tiempo para pensar con la de horas que dormiste. –contestó.

-Pero ¿Cuántas horas dormí? –preguntó con curiosidad.

-Pues casi un día entero.

-Vaya… nunca había dormido tanto. –contestó asombrado y haciendo carantoñas a la niña.

Melinda llamó a los demás para que pudieran ver a Cristian. Parecía completamente recuperado y con mucha energía. Le darían el alta, aunque a Melinda y Evelyn tardarían unos días en darles el alta. Querían tener a la niña en la incubadora para que cogiera algo de peso, al haber sido sietemesina.

No estuvo demasiados días en la incubadora pues comía muchísimo y en muy pocos días cogió bastante peso. Por fin podían volver a su casa, ya la echaban de menos, habían sido unas semanas muy complicadas, y un poco de calma y relax era lo que necesitaban.

Cristian se pidió unos días libres, pues aunque ya había descansado, su padre pensó que era mejor que tuviera unos días relajado, y estar con la niña le ayudaría mucho. Se quedaba embobado viendo dormir a la pequeña Evelyn.

-Cariño, pareces una estatua, llevas horas ahí.

-Lo sé, es que, es tan pequeñita y tan bonita…-suspiró. –Aunque claro con una madre tan hermosa es normal. –añadió abrazando a Melinda cariñosamente.

-Pero si ha salido igualita que tú.

-Eso no es verdad, además tiene tus preciosos ojos. –dijo.

Cada tarde salían a dar un paseo con la niña, no demasiado rato, pues aún era muy pequeña, pero así empezaba a acostumbrarse al mundo exterior. Y a ellos dos les venía muy bien cambiar de aires.

Una tarde pasadas unas cuantas semanas, Cristian y Melinda estaban en un banco, y él llevaba varios días preparando unas cosas. Sabía que la calle no era el lugar más oportuno pero ya no podía aguantar más. Se arrimó más a Melinda e hizo que le mirara. –Oye Mel, yo quiero hablar contigo.

-¿Hablar de qué, mi amor? –preguntó con curiosidad.

-Te amo, y necesito estar contigo para el resto de mi vida. ¿Quieres ser mi esposa? –preguntó enseñando una cajita de terciopelo rojo con un anillo dentro.

-¡Sí, claro que sí! –gritó emocionada mientras lo abrazaba.

¿Oíste eso princesita? –preguntó mirando a la niña. –Mamá y papá se van a casar. –dijo haciéndole carantoñas para que se riera.

Se besaron con pasión para celebrar tan maravillosa noticia. Ambos estaban enamorados profundamente, en realidad tarde o temprano se hubieran casado de todos modos, ya que sabían que querían pasar la vida juntos.

Caminaron por le parque con el carrito de la niña, iban muy cerca, sin dejar de mirarse. Cuando estaban llegando al paso de peatones para cruzar la calle y dirigirse a casa, alguien se puso delante. Melinda no reconoció a la chica, que era morena y algo más alta que ella.

-¿Qué haces aquí? –Cristian estaba irritado.

-¿La conoces? –preguntó con extrañeza.

-Es mi ex novia Elena. –respondió con asco.

-A mi no me mires así. –dijo. – ¿Así que te vas a casar? Supongo que se quedó embarazada y te cargó con el mochuelo ¿no? –añadió mirando a la niña.

-Es mi hija, y me caso con Melinda porque es la mujer de mi vida. –contestó. –Además ¿no sé qué narices haces aquí?

-Llevo unos días viendo lo que haces, y quiero que volvamos a estar juntos.

-¿Estás mal de la cabeza? Nunca volvería contigo, además yo amo a Melinda.
-Pues me parece que por mucho que la ames va a dar igual. –contestó con malicia. –Si no vuelves conmigo “tu hija” pagará las consecuencias. –dijo sacando una navaja y acercándola a la niña.
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