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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




martes, 22 de junio de 2010

Un amor entre las estrellas capitulo 11

11º- La prueba

-Creo que sé cual es, juraría que intentó comerme cuando estuve investigando por primera vez el bosque. –comentó Cristian. –Y era inmenso, como un tigre con dos cabezas, faltó poco para ser comida de Kiwe.

-Keiwe, se dice Keiwe. –le corrigió Melín.

-Bueno, creo que el nombre es lo menos importante. Lo importante son las armas que tendremos para cazarlo. –interrumpió Pedro.

Melin se levantó, no vieron a donde iba y cuando volvió traía dos arcos con varias flechas. Se las tendió a Pedro y a Cristian que lo examinaron con caras poco convencidas. – ¿Será broma, no? ¿Flechas contra ese pedazo de animal?

-Si la flecha le alcanza en el cuello, muere en seguida. –explicó Aileen muy tranquila.

-Dirás en “los cuellos”, porque tiene dos. –interrumpió Cristian.

-Bueno pues vamos a cazar el animal y nos vamos. –dijo Pedro moviéndose.

-Nosotras os llevamos al bosque, y allí deberéis cazarlo vosotros solos. –contestó Melín.

Tuvieron que moverse, ellas iban guiándoles, pero ya no iban tan deprisa pues se habían acostumbrado al ritmo más lento de Cristian y Pedro. Ellos no sabían cómo sentirse, bueno sí sabían cómo se sentían, era como no saber caminar, ver que los demás hacían algo que ellos no sabían hacer porque fueran torpes.

Melín y Aileen pararon junto a un gran árbol sin hacer ruido y cogieron de la mano a Pedro y Cristian. –Por aquí están los Keiwes, no hagáis ruido, tienen muy buen oído. Nosotras estaremos por aquí cerca. –dijeron mentalmente.

Se apartaron un poco y ellos se quedaron quietos. No sabían dónde mirar, pues debían localizar al animal sin ser localizados o estarían muertos. Cristian lo sabía muy bien, ya había estado muy cerca de ese enorme depredador, no había sido agradable, ni lo sería si volvían a estar tan cerca de sus enormes fauces.

-¿Qué hacemos? Yo no veo nada. –susurró Pedro.

-Y yo que sé. Vamos a acercarnos un poco a ver si vemos algo. –comentó avanzando poco a poco.

Miraban por todas partes, mientras caminaban agazapados para intentar no ser vistos. Observaban a su alrededor intentando localizar a su presa, pero no oían ni veían nada de nada, como si estuvieran totalmente solos en ese enorme bosque.

Sabían que esa momentánea soledad y quietud eran un aviso de lo que se les venía encima. Cristian intentaba centrarse, sentir la naturaleza como la sentían los himanis, para ver si de esa manera lograba localizar al Keiwe. Su hermano estaba totalmente estresado, sus ojos enfocaban mil veces al mismo lado antes de girar la cabeza, apuntando con el arco a cada lado al que miraba.

Intentando concentrarse, cerró los ojos, Melín le había explicado en más de una ocasión, que si se concentraba podía sentir su entorno con el resto de sus sentidos. No comprendía muy bien la carga emocional que traía todo eso, pero estaba intentando sentirlo como podía.

Cerró los ojos, intentando escuchar, podía oír a las aves, su vuelo y su canto, se escuchaba como la brisa movía las ramas de los árboles. Hasta que escuchó el crujir de las ramas por pisadas. Prestó más atención, escuchando una respiración doble, profunda, y tuvo claro que era el Keiwe. –Quédate quieto, está cerca. –susurró lo más bajito que pudo.

Dio unos pocos pasos, su hermano le seguía lo más alerta que podía. Prepararon los arcos, tensándolos tanto como podían. Cristian se había puesto en sintonía con el entrono, ahora entendía lo que Melín le decía sobre el bosque. Sentía que era parte del bosque como si siempre hubiera caminado y vivido allí.

Se colocó en posición, girándose sobre si mismo ligeramente a la izquierda. Moviendo los labios y casi sin articular sonidos, miró a su hermano. –A la de tres. Una, dos… tres.

Soltaron las flechas a la vez, aunque Pedro no sabía ni siquiera dónde había apuntado y disparado la flecha. Caminaron unos cuantos pasos y allí había un enorme Keiwe, con sus dos grandes cuellos, atravesados por las flechas. El animal estaba agonizando, desangrándose poco a poco, muy lenta y dolorosamente.

Los dos hermanos se acercaron hasta quedarse pegados al animal. Cristian cogió otra flecha, cortándole los cuellos más profundamente para que muriera definitivamente y dejara de sufrir.

-Pobrecito, me daba pena verle sufrir.

-Si bueno, no te hubiera dado tanta pena si nos hubiera pegado un mordisco y arrancado algo ¿verdad?

-Vamos anda, que tendremos que llevarlo al poblado. Y ya podremos irnos. Hasta echo de menos las tecnologías, aunque quizás no tanto como debería. –comentó algo extrañado.

-Lo sé, entiendo lo que quieres decir porque a mi me pasa lo mismo.

-¿Quién me lo hubiera dicho? El señor “vivo bien de flor en flor” está enamorado hasta los huesos. –comentó Cristian sorprendido mientras cargaban al animal.

-Sí, ese era mi nombre, aunque ya no lo quiero.

-Creo que te pega más llamarte, “se me cae la baba sin remedio” –comento con una sonrisa divertida.

-Bueno… estás tentando a la suerte con tantas bromitas. –dijo simulando enfadarse.

Mientras caminaron muy cargados, y empezaron a escuchar ruidos. Delante de ellos saltaron Melín y Aileen. Sonrieron al ver que iban cargados con el Keiwe. Antes de que dijeran nada se abrazaron a ellos para colmarlos a besos.

-Si lo llegamos a saber cazamos más Keiwes de estos. –dijo Pedro sonriendo profundamente.

-Los ilaris están esperando.

Se pusieron en marcha, cargando los cuatro con el animal. Ellas no parecían estar haciendo un esfuerzo. Eso hizo que el par de hermanos se sintiera mal. Sus amadas eran más ágiles, rápidas y fuertes que ellos. Se sentían desprotegidos, inútiles, pues si se tenían que enfrentar a algún peligro, ellos serían los más vulnerables.
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