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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




jueves, 3 de junio de 2010

Un sol entre las sombras capitulo 1

1º- Amargura y tristeza

Una tarde con mucho sol, estaba dando un paseo por un parque cercano a mi casa, me encantaba ese lugar, era mi favorito, me daba la tranquilidad que tanto necesitaba.

Mi estado anímico estaba por los suelos, pues estaba con un chico, Enrique, me trataba fatal. Al principio, había sido muy majo conmigo y me trataba genial, pero según pasó el tiempo su actitud hacia mi era cada vez más despreciable.

Me insultaba a todas horas, muchas veces me había dado bofetones y pequeñas palizas y me forzaba a que mantuviéramos relaciones. No quería esa vida, quería alejarme, pero seguía con él. Le tenía mucho miedo, sobre todo por la amenaza que me lanzó un día, a todas horas recuerdo sus palabras.

“Sí algún día intentas dejarme o pedir ayuda a alguien, te mataré, y a la estúpida de la niña también”.

Teníamos una hija, fruto de las repetidas relaciones a las que me forzaba casi de manera diaria. Enrique no quería a la niña; de hecho, intentó hacerle lo mismo que a mí, pero logré persuadirlo para que solo me hiciera esas cosas a mí.

La vida no me estaba tratando nada bien, pero no me importaba. Lo único que quería era poder estar con mi hija Evelyn y mantenerla a salvo de “mi maravilloso novio Enrique”.

Todos los días sabía lo que iba a pasar, todo era parte de una grandísima rutina, provocada por las borracheras diarias que se cogía Enrique. Nada variaba ningún día, no tenía amigas, pues rara vez podía salir a la calle.

Tenía a mis padres a los que nunca veía, ni siquiera podía hablar con ellos. De vez en cuando, me escapaba para llamarlos desde una cabina, pero cada vez que se enteraba Enrique, me lo hacía pagar.

Un día vi que a la casa de al lado llegó un chico, me asomé por la ventana para verlo y me quedé asombrada. Era el chico más perfecto y guapo que jamás había visto; pero las palabras “perfecto” y “guapo” se quedaban demasiado cortas para describir su hermosura.

Estaba sacando las cosas del camión de mudanzas hasta su casa. Yo para poder verle, disimulé y me puse a tender la ropa. Tan solo era una excusa para poder verle un poco mejor sin que sospechara nada ese chico; pero sobre todo para que Enrique no sospechara nada.

En una de las veces que estaba con una prenda en la mano disimulando, noté que miró hacia arriba, me pareció ver una amplia sonrisa. La sonrisa más maravillosa y radiante que jamás había visto.

Me puse a pensar, debía haber sido fruto de mi imaginación. ¿Cómo me iba a sonreír a mí? Además con lo perfecto que era tendría una novia guapísima, tanto como una modelo.

Casi me hice una contractura de tanto mirarle. No solo le miraba a él, miraba para buscar a la novia, esa novia tan afortunada que tenía la suerte de estar con ese chico fabuloso.

Desee que fuera mi novio, parecía amable y buena persona. No tenía pinta de ser de los que trataban mal a la gente. Más bien tenía pinta de ser muy agradable y de los que dan sorpresas estupendas.

Pasaron varios días, me moría por conocer a ese chico, saber su nombre y cualquier cosa que quisiera contarme; pero era algo imposible teniendo en cuenta que yo tan solo podía salir para ir a trabajar.

Trabajaba de maestra con niños de infantil en un colegio que estaba muy cerca de casa. En cuanto salía, tenía que recoger a la niña y volver directamente a casa, sino Enrique se enfurecía.

Por las mañanas salíamos casi a la vez ese chico y yo, ya nos habíamos cruzado varias miradas y algún “hola”. Una mañana me pilló un poco desprevenida y le dio por acercarse a mí.

Yo me puse nerviosa, Enrique podía estar mirando por la ventana y se pondría echo una furia, pero no sabía que hacer, me debatía entre quedarme o irme corriendo. Al final me quedé quieta.

-Hola, soy tu nuevo vecino, mi nombre es Cristian. –dijo con una preciosa sonrisa.

-Encantada. Me llamo Melinda, pero todo el mundo me llama Mel. Y esta es mi hija Evelyn. –contesté devolviéndole la sonrisa.

-Casi no nos hemos visto nunca, tan solo alguna vez por las mañanas. ¿Es que no bajáis al parque a jugar? –preguntó extrañado.

-No, poque Enique se fada. –respondió Evelyn.

Yo comencé a ponerme muy nerviosa, sabía que eso le había extrañado y que seguramente estaba pensando en lo que había dicho la niña. Así que, sin darle tiempo a decir nada, cogí a la niña en brazos y salí corriendo.

Cuando estuvimos lo bastante lejos me paré y miré enfadada a Evelyn. - ¿Por qué le has dicho eso? – pregunté muy seria.

-Poque es veldá. Y ese nene me guta muso. –contestó ella algo triste.

-No vuelvas a hacerlo, podría enterarse Enrique y pensar que hemos dicho algo malo de él. –dije nerviosa.

Durante todo el día no paré de darle vueltas a lo del chico. El caso es que parecía tan agradable… Cristian… dije en mi cabeza, sonriendo como una boba. Era una estupidez que pensara eso, yo estaba atrapada y no tenía escapatoria posible; nadie me salvaría de esa vida tan desdichada.

Volvía del colegio con la niña, como siempre, como todos los días dando un paseo por el parque. Era el único momento en el que pisábamos la calle a parte de para que la niña fuera al colegio y yo a trabajar.

Estábamos al lado de casa cuando alguien me dio un toquecito en el hombro, yo me asusté mucho, y si era Enrique… tal vez estaría furioso por lo de Cristian, porque nos hubiera visto por la mañana.

Me giré muerta de miedo, sujetando fuerte a la niña, pero me llevé una enorme sorpresa cuando vi a aquel chico, Cristian, que estaba sonriendo con esa boca tan perfecta que tenía.

-Hola, de nuevo. Esta mañana os fuisteis tan deprisa que no tuvimos tiempo para hablar. –explicó él.

-Ya… lo siento, pero… nos tenemos que ir. Enrique nos espera… -dije, pero en mi voz había miedo.

-Pareces algo asustada. ¿Te ocurre algo? – preguntó con interés.

Yo deseaba contarle todo, decirle lo que me hacía Enrique y que me ayudara, que me llevara con él lejos, que me salvara como hacían los príncipes en los cuentos que tanto me refugiaba.

Pero tenía que ser realista, ni él ni nadie me podrían ayudar. No tenía salvación, pues esas historias de los cuentos no eran reales. No ocurrían nunca, tenía que dejar de ilusionarme pensando que me sucedería algo así.

-No, no me pasa nada. –dije dubitativa. –Lo siento, pero tenemos que irnos ya, no podemos llegar tarde. –admití mirando el reloj.

Salí disparada con la niña como alma que lleva el diablo y estaba buscando las llaves para entrar en casa. Se había hecho un poco tarde, ya estaba temiendo la reacción que tendría Enrique.

Abrí despacio la puerta, a lo mejor si estaba dormido no se enteraría que llegábamos tan tarde. Pisé despacio intentando no hacer ningún ruido. Dejé a la niña en su habitación y cerré la puerta.

Quería cambiarme de ropa, así que abrí la puerta de mi habitación, pero para mi desgracia Enrique estaba sentado en la cama mirándome con odio y una expresión llena de furia.

-¿De dónde vienes? ¡Llegas tarde! –dijo enfadado.

-Es que… Evelyn y yo estuvimos jugando un poco en el parque. –mentí mirando al suelo.

-No me mientas, vi que hablabas con el vecino ¿Qué le dijiste? –preguntó acercándose a mí.
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1 rosas :

Daeron dijo...

La realidad cotidiana puede ser cruel, pero la forma en que la retratas, con esa luz al final del tunel y el ansia de querer llegar a ella hace que la historia sea conmovedora. Tengo muchas ganas de seguir leyendo. ^^

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