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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




miércoles, 9 de junio de 2010

Un sol entre las sombras capitulo 10

10º- Un susto y una pelea

Por fin, por fin parecía que la vida me empezaba a tratar bien. Habían sido muchos años de una vida desgraciada, muchos años de tristeza y palizas. Ahora por fin podía sonreír y me sobraban motivos para ello.

Mi tripita crecía por momentos, era fabuloso comenzar a notar los movimientos del bebé, siempre que podía, Cristian estaba con las manos en mi tripita para notarlos él también.

Y Evelyn estaba maravillada, le sorprendía enormemente ver cómo mi tripita crecía cada vez más y más. Ella siempre decía que parecía cosa de magia como en los cuentos.

Una vez a la semana íbamos a ver a mi madre, se alegraba mucho cada vez que veía mi barriguita; aunque en mis visitas le tenía que dar la noticia por lo menos 10 veces. Yo ya me había acostumbrado, pero tenía que reconocer que me dolía el alma de verla así, y saber que no volvería a ser la misma.

-Vamos, preciosa, no te pongas triste. –dijo Cristian mientras volvíamos al coche.

-Lo sé, pero me cuesta bastante. –reconocí algo triste.

-Hazlo por este pequeñín. –contestó mientras me acariciaba suavemente la barriguita.

Me puse a sonreír, Cristian me mimaba y me cuidaba mucho y sabía cómo hacerme sonreír por muy triste que estuviera. Era un chico fabuloso y maravilloso, y era mío.

Ya estaba de 7 meses y me tuve que dar la baja, pues no podía moverme bien, me costaba bastante hacer las cosas más sencillas, y ni mucho menos me podía hacer cargo de los pequeños en el colegio.

No me hacía mucha gracia estar todo el día en casa, pero sabía de sobra que necesitaba ayuda para hacer muchas de las cosas. Hasta para ducharme, Cristian me ayudaba por si me resbalaba.

Las ganas de hacer las cosas por mi misma me podían. Una tarde decidí darme un relajante baño. Tuve mucho cuidado para no resbalarme y me tumbé en la bañera llena de agua y sales de baño. La verdad es que me estaba relajando mucho.

Llevaba ya un buen rato, y estaba sentándome muy bien, pero empecé a notar nauseas. Quería salir pero no podía por la barriguita, me sentía cada vez más mareada y con más ganas de vomitar. Antes de que me diera cuenta mis fuerzas empezaron a fallar y perdí el sentido.

Empecé a notar agua en mi boca, no podía evadirme, no podía salir. Cada vez notaba más agua en la boca y también en los pulmones. Unos segundos después noté unos golpes en mi pecho, y que bocanadas de aire llenaban mis pulmones. Hasta que el agua de mis pulmones salió fuera, y el aire empezó a entrar por sí solo dentro de mí.

Tosí varias veces pero agradecía el aire que volvía a entrar el mí. Abrí los ojos de golpe y me acaricié la barriguita. –Mi bebé… -dije algo angustiada.

-Mel, estoy aquí contigo… -contestó Cristian entre lágrimas. –Si te hubiera pasado algo yo… sois todo mi mundo, los tres. Os quiero más que a mi vida… -añadió abrazándome.

Me había sacado de la bañera y estaba en el suelo cubierta con una toalla. Yo tan solo pude abrazarme a él y fue inevitable que me pusiera a llorar, pues aún estaba bastante afectada por lo ocurrido.

-¿Pero qué hacías en la bañera? –Preguntó muy serio.

-Me estaba dando un baño, pero me mareé y tragué agua. –expliqué mientras me ayudaba a levantarme.
-No debiste hacerlo, estuvo a punto de pasar algo horrible, menos mal que llegué a tiempo… -Respondió cerrando los ojos.

No quise decir nada más sobre el tema Me ayudó a vestirme, cenamos y estuvimos viendo la tele un rato. Pero al cabo de un rato me entró un antojo de chocolate. Desde siempre me había encantado el chocolate, pero desde que me quedé embarazada tenía antojo de chocolate varias veces al día.

Me levanté muy despacio, pero Cristian me sujetó la mano para que no me moviera. -¿Dónde se supone que vas? –preguntó muy serio.

-Pues a por algo de chocolate. –dije intentando moverme.

-¿Para qué? ¿Para qué te vuelvas a marear, te caigas y le hagas algo al bebé? –preguntó enfadado.

-Solo voy a la cocina y si voy con cuidado no pasa nada. –contesté enfadándome.

-Será que te importa muy poco dañar al bebé, no creí que fueras tan irresponsable. Sobre todo siendo ya madre. Pero ¡a saber…! –respondió mirando para otro lado.

Yo me enfadé muchísimo por lo que acababa de decir. –Márchate, no quiero que estés aquí. –dije aguantándome las ganas de llorar.

-No seas absurda, ¿Crees que te voy a dejar sola para que le pase algo al bebé? –preguntó.

-¿Me estás llamando mala madre? –pregunté indignada. –Lárgate, vete, ¡no vuelvas! –grité furiosa.

Le di un empujón todo lo fuerte que pude, le fui empujando hasta que estuvo al lado de la puerta. La abrí y le volví a empujar para luego cerrarle la puerta en las narices.

Me puse a llorar desconsoladamente, Cristian estaba insinuando que no me importaba si mi bebé sufría algún daño. Le creía como la persona más maravillosa del mundo y estaba diciendo que quería hacer daño a nuestro hijo.

Menos mal que la niña estaba dormida y no se había enterado de nada, pues lo último que quería era que me viera así. Lo que no sabia era lo que le diría cuando no viera a Cristian en la casa. Pero no quería ni pensarlo, quería creer que todo había sido una pesadilla, pero por desgracia no conseguía despertar.

Esa noche no dormí prácticamente nada, quería hablar con Elena, la necesitaba, pero tampoco quería molestarla. Así que esperé a que fuera una hora prudente para no pillarla dormida.

-Hola, ¿Qué demonios os ha pasado? Cristian llegó ayer hecho una furia. –dijo.

-Pues… me mareé en la bañera y cree que quiero dañar al bebé. Cree que soy una mala madre… -respondí comenzando a llorar de nuevo.

-No creo que dijera eso… No es propio de él. –contestó ella.

-Sí lo dijo, no sabes cómo me miró… -respondí entre sollozos.

-Tranquilízate, no es bueno para el bebé que estés así de alterada. Ya verás cómo lo arregláis. –dijo para intentar animarme.

Intenté calmarme, pero yo sabía que esto no se arreglaría tan fácilmente. Una cosa era una discusión por diferencias de opiniones, pero pensar eso de mí, eran palabras mayores.

Por la mañana estaba muy triste y cuando Evelyn y yo estábamos desayunando ella buscaba a Cristian. –Mami ¿ónde ta papi?- pregunto con curiosidad.

-Papi… papi y yo estamos enfadados, estará en casa de los abuelos. –dije sujetando las lágrimas de mis ojos.

-Pedo yo quero velo. –contestó ella algo triste.

-No, no se puede. –respondí para después no volver a hablar.

Terminamos de desayunar y la ayudé a vestirse, pues tenía que ir al colegio. Yo no podía llevarla, así que llamé a Annette para que se llevara a la niña al colegio. Annette intentó hablar conmigo pero yo no tenía ganas.

Cuando Elena salió del trabajo vino a verme; había acordado con Annette que la niña y ella pasarían la tarde en el parque para que así yo pudiera despejarme un poco y desconectar.

-Está muy triste, casi no ha salido de su habitación, tan solo para ir a trabajar. –me explicó.

-No me digas esas cosas que me pongo peor. Yo… sabes que le amo, pero que piense que soy una mala madre me duele demasiado. –contesté acariciando mi barriguita.

Los días pasaban y el dolor seguía ahí, como un clavo que va haciendo más grande un agujero en la pared. Yo me sentía igual, tenía una profunda herida en mi pecho que cada día aumentaba poco a poco.

Cada vez que la niña preguntaba sobre Cristian y sobre cuándo le vería, a mi se me caía el alma a los pies. Me costaba muchísimo trabajo no llorar delante de ella, pero no quería que me viera así.
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