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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




viernes, 4 de junio de 2010

Un sol entre las sombras capitulo 2

2º- Profundo dolor

-No le dije nada, de verdad. Solo nos saludábamos y me dijo su nombre. –respondí atemorizada.

-¿Y crees que me voy a tragar eso? –preguntó con enfado. –Seguro que le has pedido ayuda o algo así –respondió cada vez más furioso.

De mis ojos empezaron a brotar innumerables lágrimas. –No, de verdad. No le dije nada… -contesté entre sollozos.

Pero Enrique se puso loco de furia, me golpeó en la cara con tal brutalidad que me tiró al suelo y me golpeé con la mesita de noche en la cabeza, me toqué con la mano y sentí dolor.

Me agarró del pelo y me asestó un sonoro puñetazo en el ojo. Además me pegó una patada en el estómago. Me quedé tumbada por el dolor y él salió de la habitación cerrando con un portazo.

Una vez que me recuperé un poco, me levanté despacio. Me dolían los golpes que me había dado, pero sobre todo la cabeza, tenía sangre, seguramente me había abierto una brecha.

Fui al baño y me encerré, temía mirar al espejo, no sabía lo que iba a ver, no sabía como iba a reaccionar al verme reflejada en él. Nunca me había gustado mi reflejo y saber que ahora tenía golpes por la cara… sería peor aún.

Levanté poco a poco la vista atemorizada, y me miré. Tenía todo el ojo morado y no veía bien pues se estaba empezando a hinchar a causa del golpe de Enrique. Me toqué la cabeza por detrás, se me había manchado todo el pelo y seguía sangrando, me puse unas gasas para cortar la hemorragia.

Salí al comedor pero Enrique se había marchado. Supuse que a seguir bebiendo, casi hasta suspiré de alivio. Al menos tardaría hasta la hora de la cena en regresar. Fui a la habitación de la niña con lágrimas en los ojos y la abracé muy fuerte.

-Mi pequeña… estás bien… -suspiré aún llorando.

-Mami, tenes pupa… -dijo ella mirando mi cara.

-No pasa nada. –respondí.

Entonces llamaron a la puerta, creía que podría volver a ser Enrique, cogí mis gafas de sol, me las puse y me fui hacia la puerta. Me paré unos segundos delante de la puerta antes de abrir.

Abrí la puerta y me quedé de piedra, miré varias veces para comprobar que no era mi imaginación, pero resulta que era real, muy real. Allí estaba Cristian, delante de mi puerta.

Me miró, a través de las gafas se podía ver el moratón. Además tenía el pelo manchado de sangre, las gasas aún en la cabeza y en la ropa había restos de sangre de la brecha.

-¿Qué demonios te ha pasado? –Preguntó muy preocupado acercándose a mí.

-Nada… no ha pasado nada. –respondí nerviosa.

-¿Cómo que nada? Mírate. –Dijo él angustiado. –Ahora mismo nos vamos al hospital, tienen que curarte eso. –contestó con resolución.

-No, no puedo salir… si Enrique se entera… -respondí con miedo.

-Claro que vamos a ir. Además ¿Qué es eso de que no puedes salir? –preguntó confuso.

-Olvida lo que he dicho. Vete, por favor. –le pedí. –Si Enrique te encuentra aquí enloquecerá. –comenté cada vez más nerviosa.

-¿Pero qué clase de monstruo es? –preguntó nervioso.

-Es mejor que no hagas nada, por favor, si llega y te ve… -me estaba poniendo más alterada y no hacía más que repetir que se fuera.

Sabía de lo que era capaz Enrique, no quería que le hiciera ningún daño a Cristian. Era una persona fantástica, a pesar de no conocerle casi, sentía como si le conociera de toda la vida.

-¿Ha hecho algo a la niña? –preguntó acercándose un poco a mí.

-No, ella está bien, conseguí persuadirlo hace tiempo, y solo me hace estas cosas a mí. –respondí abatida.

-Pero ¿Es su hija? – preguntó.

-Sí, me fuerza a mantener relaciones casi a diario. Pero él la odia. – dije entre lágrimas.

-Tengo que apartaros de ese salvaje, no puedo permitir que os siga haciendo daño. –prometió él.

-No, no debes hacer nada o te hará algo a ti también, y eso no me lo perdonaría. –contesté.

-No digas es, además tú eres la criatura más linda que he visto nunca, no puedo consentir que te hagan daño. –confesó acariciando mi cara.

Por un momento, me olvidé de todo, de Enrique, de lo espantosa que era mi vida, de que no podría proteger siempre a mi pequeña de él, del miedo constante que tenía… Nada me importaba.

Cristian me miraba con unos intensos ojos azules, eran los ojos más bonitos que había visto nunca, me perdí en esa mirada tan profunda como el mar, sumergiéndome en ella.

Pero volví a la realidad, me asomé por la ventana y vi que a lo lejos venía Enrique haciendo eses, como encontrara a Cristian en casa y hablando conmigo… entraría en cólera.

-Por favor, él vuelve ya, márchate… -le pedí.

-No me voy sin vosotras. –dijo firmemente.

-Te lo ruego… -mis lágrimas comenzaron a caer con más fuerza. –Márchate, no quiero que te lastime… -terminé de decir.

-Está bien. Pero algo voy a hacer, no me voy a quedar de brazos cruzados. –prometió mientras me acarició la mejilla con ternura.

Se marchó y respiré tranquila sabiendo que estará a salvo de la furia de Enrique, pero la que estaba en peligro era yo. No sabía lo que hacer; así que me fui a la cocina a preparar la cena. Tal vez Enrique no me haría nada si me veía preparando la cena.

Evelyn se marchó a su cuarto porque yo se lo pedí, empezó a protestar porque decía que se quería ir con el nene, pero logré convencerla de que se encerrara en su habitación. La hice prometer que no hablaría sobre la visita sorpresa que nos había hecho nuestro fabuloso y maravilloso vecino Cristian.

-¿Ya entraste en razón? –preguntó Enrique nada más pasar por la puerta de casa. –Espero por tu bien y por el de la niña, que no se te ocurra acercarte a nadie y menos al vecino. ¿Queda claro? –preguntó amenazante.

-Sí, tranquilo. No volverá a pasar. –dije agachando la cabeza.

Todo volvía a la misma rutina, en nada había cambiado mi vida. Salvo que no paraba de pensar en Cristian, se le veía muy preocupado. ¿De verdad iba a hacer algo? ¿De verdad podría mantenernos lejos de Enrique? Parecía tan difícil de realizar que no me hice ilusiones, era inútil, sólo servía para crearme falsas esperanzas.

Pasaron unos días y no había vuelto a saber nada de Cristian, eso me entristeció. Era de suponer que no se iba a entrometer; ¿Para qué me iba a ayudar? Sólo era su vecina, una desconocida.

Había sido una estúpida, había llegado a pensar que nos ayudaría. No podría exigirle nada. No era nadie para él, la vecina, pero me había ilusionado pensando que me rescataría.

Una tarde llegué a casa con la niña, Enrique no estaba. No era difícil adivinar dónde estaba, en algún bar bebiendo como un carretero… Era su costumbre, lo que hacía siempre y a todas horas.

Llamaron por teléfono, me resultaba raro, pues casi nadie tenía nuestro número de casa. Yo no tenía amigas y Enrique no es que tuviera muchos amigos y ni mucho menos le había dado el teléfono a nadie, no le gustaba que le molestaran.
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