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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




sábado, 5 de junio de 2010

Un sol entre las sombras capitulo 3

3º- Malas noticias

-¿Diga? ¿Quién es? –pregunté con curiosidad.

-La señorita Melinda Fernández, por favor. –dijo la voz de una mujer.

-Soy yo. –afirmé.

-Le llamamos del hospital Severo Ochoa. Le informo que sus padres han tenido un accidente, tenían este teléfono de contacto. –explicó muy seria.

-De acuerdo, voy en seguida. –respondí colgando el teléfono.

Fui a coger a la niña, estaba jugando en su habitación. –Pequeña, nos tenemos que ir, los yayos están malitos. –la expliqué.

-¿Yayos malitos? –repitió ella preguntando.

La cogí y me dirigí al comedor, cogí el bolso, metí algo de dinero y las llaves de casa. Pero cuando estaba ya casi lista para irme, me acerqué a la puerta y llegó Enrique que al verme me miró enfadado.

-¿Dónde te crees que vas? –preguntó muy irritado.

-Mis padres han tenido un accidente voy a ver cómo están. –dije con resolución.

-Eso que te lo has creído. –replicó con cara de asco.

Me pegó un puñetazo con tan mala suerte que me dio en el mismo ojo que me había dado la otra vez. A pesar de que habían pasado unos cuantos días, todavía tenía algo de moratón.

Se haría más grande todavía, encima la brecha me dolía mucho, pues me la curé como pude en casa. Debía de estar infectada por no curarla como era debido, pero todo me daba igual.

Estaba decidida a ir a verlos, cogí a la niña y le pegué un empujón a Enrique lo más fuerte que pude, saliendo de la casa. Aunque él me agarró del pelo impidiendo que continuara.

-Tú no vas a ninguna parte. –juró.

-Suéltame, me haces daño. –dije levantando un poco la voz.

Pero Enrique no me soltaba, cada vez me sujetaba con más fuerza, intentaba llevarme a rastras, dentro de la casa de nuevo. Yo intentaba resistirme por todos los medios pero él tenía más fuerza.

Entonces como de la nada, una mano sujetó mi mano, la sentía cálida, agradable al tacto, no podía ser la mano de Enrique. Además él nunca me acariciaba ni me cogía la mano.

-Suéltala. –era la voz firme de Cristian.

-Tú no te metas en esto… -advirtió Enrique.

-Ella quiere que la sueltes. La estás lastimando. –su voz sonaba amenazante.

Sin esperarlo, le llegó un puñetazo a Enrique que hizo que se tambaleara y me soltara. Yo de forma inconsciente me acerqué a Cristian, enterrando mi cara en su pecho muy fuerte.

-Tranquila, estás a salvo. –susurró con voz dulce.

-Necesito ir al hospital, mis padres tuvieron un accidente. –expliqué comenzando a llorar.

-Cálmate, os llevaré. –contestó él.

Enrique se incorporó y se levantó del suelo. –De eso nada, ella es mía y no va a ir a ningún sitio. –replicó.

-Déjalas tranquilas o llamo a la policía, será mejor que te largues. –amenazó Cristian.

No sé si fue por el tono de Cristian o porque al estar borracho estaba más manso; el caso es que se apartó y no dijo nada. Pero se quedó observándome con furia. Yo sabía que tendría muchos problemas cuando volviera, más que problemas… sabía que Enrique querría matarme. Pero me daba igual, solo quería ver a mis padres.

Cristian comenzó a caminar, en seguida nos paramos junto a un Volvo plateador, era un coche precioso. Me abrió la puerta del copiloto, cogió a la niña en brazos y cuando estuve sentada y acomodada me la dio de nuevo.

-Lamento que la tengas que llevar así pero no tengo sillita para niños. –explicó disculpándose.

-De verdad que te estás tomando muchas molestias por nosotras. No es necesario. –dije cabizbaja. –Además has provocado a Enrique… -admití con miedo.

-Ese no me asusta. Si vuelve a intentar haceros algo, no respondo de mí. –contestó apretando los dientes.

Fuimos al hospital, pregunté por mis padres y me dijeron que, en un rato vendría el médico que los estaba atendiendo para informarme de lo ocurrido, pues ahora les estaban haciendo pruebas.

Me estaba poniendo cada vez más alterada, pues el médico tardaba demasiado en venir. Pero llegó un médico a la sala de espera que se acercó a mí. –Me han informado que es usted la hija del señor Fernández y su esposa. –dijo el médico.

-Sí, soy yo. ¿Cómo están mis padres? –pregunté soltando a la niña en una de las sillas de la sala.

-Han sufrido un atropello en un paso de peatones, un coche se saltó el semáforo. Los atropelló. –explicó seriamente.

-Pero ¿Están bien? ¿Se van a recuperar? –pregunté ansiosa.

-Su madre está muy grave, sufrió grandes daños en la columna, y se dio un fuerte golpe en la cabeza. Aún no sabemos los daños neuronales que puede tener. –contó y siguió hablando. –Su padre… por desgracia se llevó la peor parte, y lamentablemente llegó sin vida al hospital, no pudimos hacer nada por él. Lo siento mucho. –me dijo el médico.

-¿Cómo? ¡No puede ser! –comencé a llorar.

Puede pasar un momento a ver a su madre, está muy afectada porque ya sabe lo de su marido. –me respondió. –si necesita algo dígamelo.

El médico se marchó y yo me derrumbé, caí de rodillas al suelo y lloré con más intensidad. Casi no había estado con mis padres desde que estaba con Enrique, ya que no me lo permitía.

-Vamos… -dijo Cristian levantándome, me abrazó.

Yo no sabía qué decir, ya no volvería a ver a mi padre; y por lo que había dicho el médico, mi madre no es que estuviera demasiado bien. No podía creérmelo, estaba medio huérfana y casi no había disfrutado de mis padres.

Evelyn solo los había visto en una ocasión. Ya no podrían ver creer a su nieta. Todo era por culpa de Enrique, ese mal nacido que me había quitado mi vida… me la había destrozado.

-Lo siento mucho. Lamento lo de tu padre. –dijo Cristian.

-Gracias… -Fue lo único que salió de mi boca.

Me senté al lado de mi hija, con lágrimas cayendo por mis mejillas. –Mi pequeña… -susurré.

-Mami, ¿Po qué lloras? –preguntó mirándome.

-Es que…el yayo se fue al cielo, y la yaya está muy malita… -pero no pude seguir hablando.

Cristian se sentó al otro lado de la niña y le acarició la cabecita. –Mira, vamos a hacerle un dibujo a tu yaya, seguro que le gusta. –explicó.

-Gracias. –dije.

-Mira, mi padre trabaja en este hospital. Vamos a su despacho, le contamos lo sucedido y que revise a tu madre. Pues es uno de los mejores neurocirujanos del país. –me contó.

-Te lo agradezco. –respondí acariciando su mano.

Sentí un escalofrío en el estómago. Nunca había sentido algo semejante estando cerca de ningún chico. Cristian era una persona maravillosa, me había salvado de la furia de Enrique, al menos de momento…

Cogió en brazos a Evelyn que sonrió desmesuradamente. Jamás se había acercado a ningún adulto y menos a los hombres, tenía muchísimo miedo por culpa de Enrique.

Pero con Cristian era diferente, sus ojos se habían iluminado, y le daba muchos besos. Se notaba que le gustaba, lo cierto es que no me extrañaba, porque con lo maravilloso que era a mí también me gustaba.

-Eres encantadora. –dijo Cristian mirando a Evelyn.

-Mami, me guta ete nene ¿Y a ti? –preguntó con curiosidad.

Yo me sonrojé, no sabía lo que decir, sabía que estaba roja como un tomate, agaché la vista al suelo. –Pues… sí cariño. Es muy simpático. –contesté muy tímidamente.

-Así que soy simpático, me alegra que lo pienses. –respondió mientras puso su mano en mi barbilla para hacer que le mirara. –Estás muy hermosa cuando te sonrojas. –

-Gra… gracias. –dije entre balbuceos.

-Pero mi padre debe mirarte esos golpes no me gusta la pinta que tienen. –admitió.

-Lo sé, estoy espantosa… -dije con la voz triste.

-No me refiero a eso. Tú estás siempre hermosa. Lo que quiero decir es que parece que la brecha está infectada. –explicó.

Nos dirigimos por uno de los pasillos hasta el despacho de su padre. Entramos y sentado en una silla de piel había un hombre con bata blanca, era muy guapo, pero nadie era tan perfecto como Cristian.

-Hola hijo. Te veo muy bien acompañado ¿no es así? – preguntó mirándome a mi y a la niña que aún la llevaba él en brazos.

-Lo sé, ella es mi vecina, Mel y esta niña tan preciosa es su hija Evelyn. –nos presentó.

-Mucho gusto. Soy el padre de Cristian, Dennis Gray. –dijo muy cortés.

-Papá, es que bueno… quiero que revises a Mel, tiene una brecha y creo que está infectada. –le pidió a su padre.
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