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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




sábado, 5 de junio de 2010

Un sol entre las sombras capitulo 4

4º- Un rayo de esperanza

-Ya entiendo. Vamos a curarte eso. –dijo en tono amable.

Me sentó en una silla y cogió un maletín que tenía en su despacho. Miró mis heridas y comenzó a curarlas con delicadeza, prácticamente no me estaba enterando que me estuviera curando.

-¿Puedo preguntar cómo te hiciste la brecha y el moratón en el ojo? –preguntó.

-Pues… Enrique… mi novio… él… -no sabía lo que decir. –No debería decir nada.- dije con miedo.

-Creo que no hace falta que lo digas. Veo a muchas mujeres que llegan con lesiones similares; pero tranquila, te ayudaremos. –contestó.

-Cuando vuelva a casa me va a querer matar… -dije atemorizada.

-A la niña, ¿Alguna vez la hizo algo? – preguntó Dennis con interés.

-No, nunca la ha tocado ni la ha pegado, porque no se lo he permitido. –contesté mirando a mi hija.

Me sorprendió mucho lo que vi, Evelyn estaba pintando con Cristian. De no haber sido porque lo sabía, Evelyn y Cristian parecían padre e hija. Sería tan bonito… un padre tan maravilloso para ella, que la cuidara y quisiera…

-Bueno… la herida si que está infectada, y debería tener puntos ¿Por qué no te lo cosieron? –preguntó intrigado.

-A eso contesto yo. –dijo Cristian antes de que yo pudiera decir nada. –Quise traerla, pero ella se empeñó en quedarse porque volvía Enrique. –su tono era de enfado.

-No quería causarle problemas. Enrique es muy agresivo. –dije agachando la cabeza.

Miré a Cristian por el rabillo del ojo y tenía los puños apretados. Era evidente que tenía que haberme callado el comentario sobre la agresividad que tenía Enrique, pues había metido la pata.

Terminó de curarme y me levanté, cogí a la niña y miré a Cristian y a su padre. Eran dos personas estupendas. –Muchas gracias por todo, no sé cómo agradeceros todo lo que habéis hecho por mí. –dije agradecida.

-No hay de qué, vamos a ver a tu madre, para que así mi padre la pueda revisar. –contestó Cristian.

Salimos del despacho, y Cristian le fue explicando todo lo sucedido a su padre. –Quedaos aquí. La voy a examinar y a hacer unas pruebas. –explicó él muy tranquilo.

Nosotros nos sentamos en la sala de espera, pero yo estaba muy ausente como si sólo estuviera allí mi cuerpo. Cristian debió de percatarse, cogió a la niña, tras lo que me acariciaba el brazo, como para transmitirme ánimos.

Después de una larga espera, su padre salió a nuestro encuentro. Tenía el rostro sereno, con lo que no sabía interpretar exactamente si eso eran buenas o malas noticias, pero necesitaba que me dijera lo que fuera de una vez.

-La he estado revisando y está bastante mal. Aunque se reponga necesitará ayuda las veinticuatro horas del día. Lo aconsejable en estos casos es que estuviera en un centro médico. –explicó él.

-Pero... ¿Qué voy a hacer? Yo… no gano lo suficiente como para mantener la casa y uno de esos centros… -contesté comenzando a llorar.

-No te preocupes, yo conozco al director y me debe un favor. Así que no debes preocuparte por el dinero. –respondió sonriendo.

-Pero no puedo aceptarlo.

-Por favor, acéptalo, como un regalo. –Dijo Cristian.

Me resultaba tan difícil pensar con claridad a su lado… como si estuviera hechizada. Me quedé callada como una tonta, mirándole embobada. Cuando volví en mí, reaccioné, sabía que era algo excesivo, pero no podía negarme, no viendo cómo me miraba Cristian.

Estaba sintiendo algo muy fuerte por él, y no debía ser así. La única vez que decidí dejarme llevar me destrocé la vida, no debía permitirme otro error así. Sobre todo porque tenía que pensar en mi hija.

-Está bien, pero de una forma u otra os agradeceré todo lo que estáis haciendo. –prometí.

Pasé un momento a ver a mi madre, me dijeron que como estaba en la UCI por la gravedad de su estado, no podía quedarme a dormir. La vi con muchas heridas y tantas máquinas a su alrededor que me impresioné mucho.

Salí llorando al pasillo donde esperaba Cristian con Evelyn a su lado. Me sentía tan sola…, tan indefensa… que me fui directa a abrazarle. Él me abrazó fuerte, era un chico tan atento… el chico perfecto.

Un chico tan perfecto y maravilloso, que seguramente tenía una novia igual de perfecta y maravillosa. Al pensar en ello me entristecí ligeramente y me aparté un poco de él.

-¿Qué ocurre? –preguntó extrañado.

-Pues… si tu novia nos viera así, seguro que se enfadaría mucho. –contesté mirando al suelo, no quería que viera mis lágrimas que ahora derramaba por él.

-No tengo novia. Esperaba a la chica adecuada que apareció hace unos días. –contestó en tono alegre.

Yo me entristecí, no tenía novia pero ya estaba a punto de tenerla; cosa comprensible por otra parte. Sentí su mano sobre mi mejilla, levanté la mirada y vi sus intensos ojos azules ardientes.

-Te he encontrado a ti. –dijo alegre. –Bueno a ti y a este encanto de niña. –añadió.

En ese momento el mundo dejó de importarme, él que era tan perfecto había dicho eso que mis oídos habían escuchado en boca de ese ángel. Cristian no dejaba de mirarme, yo me ruborizaba por momentos.

No separamos nuestras miradas, y él se acercaba lentamente a mí. Su rostro se acercaba más y más al mío; podía notar su aliento en mi cara, su aroma flotando sobre mí, era como una droga…

Se siguió acercando, haciendo que se rozaran nuestros cuerpos y nuestros labios. Al rozarnos sentí una corriente eléctrica que me atravesó de arriba a abajo. Me besó, sus labios suaves y carnosos se amoldaban a los míos.

Poco a poco ese beso fue cada vez más tierno, introdujo su lengua en mi boca, yo rocé su lengua con la mía, fue como una chispa que saltó. Nuestras bocas y lenguas se movieron más intensamente; era como saborear un helado que está derritiéndose lentamente, pero que no puedes evitar seguir probando.

Puse mi mano en su cuello, acariciándole, haciendo que nos acercáramos más aún. Podía sentir como su mano se desplazó hacia mi cintura, cada roce con su piel con mi piel, hacía que mi cuerpo ardiera por dentro.

Ese fue un beso muy largo e intenso, el mejor beso que me habían dado nunca, y me lo había dado el chico perfecto. Me aparté lentamente de él, pero quedándome muy cerca, no pude evitar sonreír.

-Ha sido un beso fantástico, no sabes las ganas que tenía de besarte desde que nos conocimos. –confesó.

Yo me sonrojé, no estaba acostumbrada a que me trataran de esa forma, y el beso… aún me daba vueltas la cabeza solo de recordar lo bueno y maravilloso que había sido ese beso.

Mi hija comenzó a darme golpecitos en la pierna, la miré y sonreí aún ruborizada. -¿Qué quieres mi pequeña? –pregunté.

-¿Po qué te muede el nene? –preguntó con curiosidad.

Me sonrojé más todavía y Cristian se puso a reír desmesuradamente. Se agachó para quedarse a su altura. –No muerdo a mamá, la estaba dando un besito. –explicó con una sonrisa.

-¿Un besito? Yo tamién quero… -pidió ella.

Cristian le dio un beso en la frente y la abrazó. Era una escena tan bonita… no pude evitar llorar de alegría, que cuando Cristian me miró vi que su cara cambiaba y su expresión era de miedo y se le veía preocupado.

-¿Por qué lloras? – preguntó con preocupación.

-Es que estoy muy contenta de que os llevéis tan bien la niña y tú. Muchas gracias por lo bien que nos tratas… -dije.

-Lo hago encantado, y estaré encantado de cuidaros a las dos. –contestó mirándome profundamente.
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