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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




martes, 6 de julio de 2010

Un amor entre las estrellas capitulo 27

27º- La diosa Oina

Llegaron al poblado y todos se sentaron con las piernas cruzadas como los indios. Los ilaris estaban en el centro mirando a todos. Los dos hermanos estaban algo desconcertados.

-Debéis sentaros. –dijo Melín. –Rezaremos a Oina por sus almas.

-¿Quién es Oina? –preguntaron ellos a la vez.

-Nuestra diosa. –respondió Aileen. –Rezaremos por las almas de esos humanos, para que descansen en paz.

-No se lo merecen. –dijo Cristian apretando los puños.

-Todas las formas de vida se lo merecen. –respondió Melín muy tranquila. –La naturaleza y todas las formas de vida que hay en ella, merecen vivir, y jamás se justifica una muerte sin motivo.

-¡Pero es que sí había un motivo! –se quejó Cristian enfadado. –Quería destruir vuestro mundo.

-Por favor, rezad con nosotros. –le pidió.

Pedro se sentó, a su lado, no estaba demasiado convencido, pero en el fondo entendía lo que le estaban diciendo las chicas. Pero Cristian no lo estaba, pues la furia y la ira le estaban cegando y no veía las cosas con claridad.

-No rezaré por un bastardo que no merecía respirar y que ha tenido su merecido. –escupió Cristian.

No esperó respuesta alguna, pues salió corriendo, necesitaba estar a solas un rato y pensar. Corrió y corrió todo lo que su cuerpo de himanis le permitió, parecía que así podía dejar de pensar un poco en todo el asunto.

Todos los acontecimientos ocurridos durante todo ese tiempo desde su viaje, estaban pasándole factura. Pues hasta ese momento no había sido muy consciente de todo lo que en realidad le había pasado.

Llegó hasta el río, y se tumbó en la orilla. Cerró los ojos y se relajó. Escuchaba a la naturaleza. Al principio parecía como un susurro, tranquilizante, alegre, que transmitía paz y serenidad.

Pero luego en su interior sintió como si alguien le hablara. Ese alguien o algo, estaba apenado, sin alegría. Entonces a su mente vinieron imágenes de la matanza que habrían sufrido el comandante y los soldados por los Keiwes.

Fue una imagen horrible que veía con total claridad en su mente. Esos hombres despedazados vivos y sin ninguna compasión. Un nudo se le formó en la boca del estómago y abrió los ojos de golpe.

En ese instante empezó a sentirse terriblemente mal. Sí que comprendía a lo que se había referido Melín y no había querido escuchar. Se sentó con las piernas cruzadas y cerró los ojos.

-Yo siento lo que les pasó a esos hombres. Oina, que contigo estén en paz y sus almas dejen de estar corrompidas por la maldad. –dijo en voz alta.

-Te quedó precioso. –le interrumpió la voz de Melín desde atrás.

-¿Cuánto llevas ahí? –preguntó.

-Un poco, lo suficiente para saber que Oina te hizo recapacitar. –contestó ella sentándose a su lado.

-¿Cómo dices? –preguntó él con la boca abierta.

-Nuestra diosa es poderosa. –contestó dedicándole una sonrisa. –Estaba segura de que entrarías en razón.

Cristian colocó sus manos en el rostro de Melín con mucha dulzura. –Siento haberte gritado y no haber querido escucharte.

-No pasa nada… -respondió. -¿Te puedo pedir algo? –preguntó.

-Cualquier cosa y sabes que la haré. –dijo él con convicción.

-Quiero que me hagas tuya ahora mismo. –pidió con una voz muy sensual, mientras le besó en el cuello.

Cristian puso los ojos en blanco. Todo lo ocurrido no la había permitido estar con Melín de ninguna forma, no habían tenido tiempo y añoraba tener su cuerpo entre sus manos.

Empezó a besarla con pasión y urgencia, mientras acariciaba su cuerpo. Ella respondía a las caricias y los besos. Se tumbaron en el suelo, acercando sus cuerpos hasta el máximo posible.

El roce era máximo y sentían cómo sus cuerpos se habían extrañado de tanto tiempo de lejanía. Cristian que ya vestía como los himanis, no tuvo que esforzarse en quitar ropa, sus zonas íntimas estaban muy accesibles para poder jugar con ellas.

Pero estaban tan ansiosos que no se esperaron, él entró en ella, y ambos emitieron un gemido sordo. Empezaron a moverse acompasadamente, pero con urgencia y fiereza.

Cristian dejó que su cuerpo le dominara, que los instintos de ese cuerpo actuaran por si solos. Satisfaciendo sus instintos más primitivos, abrió los ojos y comprobó por la cara de Melín que estaba sintiendo un placer extremo.

Estaban tan ocupados disfrutando de ese amor y semejante explosión de sensaciones que no dieron cuenta de lo que se les venía encima. Un gran Keiwe se les echó encima.

Cristian, que estaba colocado encima de Melín, recibió todo el impacto de las zarpas del Keiwe. Le lanzó por los aires unos cuantos metros, y cayó empotrándose contra un árbol.

El gran animal se le acercó y le hizo un gran zarpazo en el pecho. Cristian emitió un gran grito desgarrador. La carne del pecho se le desprendió, y comenzó a salir sangre a borbotones.
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