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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos.
Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Bienvenid@s




Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.

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martes, 1 de febrero de 2011

Notición Notición!!

Hola a tod@s!
Os traigo un notición! Esa sorpresa que Regina Roman tenía preparada y que YO he sido la privilegiada de tener la primicia y poder anunciarlo la primera por la blogosfera, por lo que me siento muy halagada y alegre. Gracias por la primicia Regina!!

Os dejo el mensaje de Regina para todos los lectores y lectoras.
A todos mis amig@s lector@s, quiero agradecer la calurosa acogida que habéis dispensado a mis Psico-Comedias, con algo que para mí, es muy importante. "DEL SUELO AL CIELO", o la historia de la "sinpar" Cayetana, fue mi primer intento en este género, inaugurándolo. Pase lo que pase, Cayetana siempre tendrá un lugar muy especial, en mi corazón.
Desde la semana próxima, tenéis la novela completa,para su libre descarga, en mi web oficial. A vuestra disposición.


El Enlace: http://www.reginaroman.com/

Así que ya lo sabéis, yo he tenido la oportunidad de leerlo la primera (de la blogosfera) y merece mucho la pena. Así que os animo a leer este primer capi y a seguir leyendo el resto de la novela porque Regina tiene mucho talento. Ojala yo llegue a tener tanto talento y consiga publicar también alguno de mis relatos.

Sin más aquí está el primer capítulo

Del suelo al cielo. Regina Roman
1. Haciéndome la sueca T
Mi regla general es que antes de las once, el cerebro no me lo he puesto todavía. A eso de las doce me enchufo y me despabilo con un buen capuchino de Hatti, mi doncella filipina y a partir del medio día, empiezo a soportar una llamada de teléfono. Pero que sea cortita, que pierdo los nervios con bastante facilidad.
La excepción, fue aquel concreto día, en que decidí (mira tú qué gilipollez), levantarme temprano para… ¡hacer deporte y cuidar el body! En fin, una equivocación la tiene cualquiera.
El caso es que a eso de las once y media, hora nacional, tronó mi móvil y yo, cosa rara, estaba allí despejada para atenderlo. Era mi amiga Marina, que como siempre que necesita llorar en hombro ajeno, me encontró disponible. Es lo mejor de tener una amiga ricachona. Como no trabajamos, es muy sencillo pillarnos libres.
―Acabo de cometer una locura, Caye, necesito que hablemos ―musitó trémula y medio asfixiada.
―¿Otra más? ―reí―. Vamos a tener para una buena colección. Estás en Serrano, ¿No?
―¡Ajá! ―confirmó con la voz rota.
―Si mal no recuerdo, ibas a la famosa entrevista de trabajo… ―rememoré. "El mejor despacho de Madrid, pa mí, pa mí, pa mí", había canturreado Marina la noche anterior.
―¡Ajá! ―se repitió.
―¿Y qué tal? ¿Te han confiado ya las llaves de la caja fuerte?
―Sin coñas, Caye, que estoy fatal. Tengo que verte y rápido.
―Eso es que no ―suspiré hondo―. Pues tienes suerte: busca el "Gran Café" en el número 45. Ve pidiendo un tentempié y espérame allí.
―Caye, que el "Gran Café" es infinitamente caro para mis posibilidades ―advirtió con bastante mala uva.
Ya estamos con las trabas mentales. Primero me aprieta con la urgencia y luego echa el ABS. Me irrité. ¿Quién en mi lugar no se hubiese irritado? Pues eso mismo digo yo.
―¿Qué más te da? La cuenta la voy a pagar yo, no seas cenizas. Para mí, un ibérico de chapata recién horneada y un capuchino. Tú, pide lo que te apetezca sin miserias, que voy para allá.
―Caye, que los ibéricos se disparan de precio…
―¿Cómo quieres que te diga que estoy dentro del taxi y a dos pasos de Serrano? Mira que no me has cabreado todavía porque acabo de salir de un masaje con piedras volcánicas y el efecto me dura dos horas, que si no….
―Vale, vale ―concedió apreciando al fin mi generosidad―. Te espero y voy pidiendo.
Lejos estaba de imaginar, que no se trataba de un berrinche-bajón pasajero, que la pobre era, en esos momentos, un pez fuera del mar, un globo desinflado, arrinconado en una verbena. Ese tipo de cosas que sólo le pasan a ella.
Mi amiga, según me contó ella misma luego, se acomodó en los sillones del exquisito lugar, en un afán por relajarse mientras esperaba, admirando las artesanías del techo barroco. No pocos comensales, la observaron con disimulado reparo. Marina usó el rabillo del ojo para devolverles el interés. Ella, tan colorida. Ellos, tan formales, tan uniformados y tan grises como el traje de trabajo de los londinenses. Todos fabricados en serie como los componentes de un automóvil alemán. Tan sin imaginación y tan sin brillo, como las baldosas del suelo de su apartamento.
―Y luego la rara soy yo ―debió de pensar.
Su derramado estado de ánimo estaba bien justificado: el fantasma terrible del desempleo. El trajín desgastador de las entrevistas de trabajo, luchando por poner buena cara y parecer lo que una no es. El caso es que luego de perder el trabajo, mi Marina había mutado de señorita prudente de oficina elegante, a medio hippy de Fuencarral. Tenía la cuenta en números rojos y necesitaba encontrar jefe cuanto antes, pero había probado las mieles de la libertad y ahora su otro yo recién nacido, se rebelaba y protestaba. Quería volar. A ver qué hacía ella para convencerlo de que tenían que comer y pagar la luz y la hipoteca y la factura del móvil. De haber sabido que estaba tan decaída, no la hubiese llamado de segundas. Pero como lo ignoraba, la llamé y le di el mal rato. Sonó la musiquita y la sacó de sus ensoñaciones.
―Nena, lo siento pero no voy a poder desayunar contigo ―le solté en plan bomba.
―¿Cómo dices? ―para mí, que acababa de horrorizarse.
―Me acaban de llamar de la embajada sueca. Quieren que esté allí en menos de veinte minutos. No sé lo que pasa, no han querido darme más información por teléfono y estoy que me pasmo de la curiosidad. ―El relax del masaje se había esfumado y ya me percibió agitada al otro lado del inexistente hilo.
―Pero la comanda… Los desayunos están encima de la mesa…
―Supongo que no puedes dejarlos apuntados a mi nombre, soy clienta y doy propinas, pero no hasta ese punto. Perdona el marrón, pero comprenderás que no me queda otra que ir a ver qué ocurre y por qué estos vikingos reclaman mi presencia con tanta premura.
―¿No podría ser un error? ―sugirió esperanzada.
―Podría, pero no lo sabré si no voy. No consigo recordar ningún vínculo con Suecia… Ni siquiera lo identifico como lugar de vacaciones… ¿A ti te suena que te haya dicho alguna vez…? ¿Un masajista? Puede, los suecos tienen manos de ángel… Te llamo cuando acabe y oye, de nuevo disculpa por el plantón.
Marina debió notar que se le retorcían los intestinos, que la conozco metida en un saco, pero ni protestó. ¿Qué podía hacer la pobre? ¿Cortarse las venas con el cuchillo de untar paté?
―Nada, mujer ―me tranquilizó con aire ausente―. Espero que sean buenas noticias después de todo. ― Pero yo hacía rato que había desconectado.
Al entrar presurosa en el edificio de la embajada no pude evitar fijarme en los enormes jarrones anticuados sobre las mesitas, repletos de flores frescas. Conocía bien el estilo decorativo de los nórdicos en general y de los suecos en particular y ¿para qué engañarnos? Son bastante horteras. Yo a estas alturas ya me he acostumbrado al toque chic de los parisinos o al ambiente loft neoyorkino y no soporto otra visión alrededor. ¡Por Dios, cómo me horrorizan esas cortinas llenas de floripondios espantosos y volantitos por todas partes! Eso, por no citar los tapetes de crochet con los que se empeñan en cubrir los brazos de los sillones.
Me recuerdan la casa nuestra del pueblo. Bueno, la mía no, yo nunca tuve casa en el pueblo. La de mis padres, que compartíamos con mis abuelos maternos, circunstancia que mi padre nunca pudo superar. El pobre hombre no fue capaz de adquirir una vivienda propia donde alojar a su familia y trasmutó como pudo la humillación que representaba vivir de prestado en casa de los suegros. Y menudo era mi abuelo, siempre con el bastón en la mano, el grito a punto y el labio de abajo revuelto. Mi madre, mi padre y nosotras cinco (cinco hijas, ya le vale a mi padre, ya le vale...) andábamos como norma al borde de la congoja, con el viejo protestando por cualquier vocecita fuera de lugar. "¡Abuelo, que son crías!" solía defendernos mi madre como una jabata. Pero él la mandaba de vuelta a la cocina a seguir pelando patatas, que por lo visto era para lo único que servimos las mujeres, en su augusta opinión.
Y cargar con la pena de compartir casa con un pelele calzonazos como único representante del género masculino, lo ponía al límite de lo aguantable. Total, siempre de un pésimo, malo, malísimo humor, que mi abuela, la muy santa, sufría en silencio, como el anuncio de las hemorroides.
Por lo menos olía fenomenalmente bien. Eso iba a salvarlos de mis críticas feroces, me dije. Después de arruinarme el desayuno y la sesión de chismorreo con la descerebrada de Marina, ya podía ser interesante lo que tuvieran que decirme y no sé por qué, pero tenía la débil corazonada de que se trataba de una equivocación: un baile de nombres o de apellidos que les había conducido a mi número de móvil, requiriendo mi presencia urgente, justo aquel maldito día que cediendo a las presiones de mi monitor de Pilates, había cambiado la clase de las seis de la tarde por las nueve de la mañana. ¡Yo, que nunca dejaba la cama antes de las once! Total, que sumando una cosa con otra y el hecho de no haber desayunado aún, me tenían hecha un trapo. Jolines, siempre había querido ser rica para no tener que madrugar y ahora que
lo era, me dejaba manipular por un mozalbete macizorro y guaperas para ejercitarme a primera hora del día, quebrando mi regla más sagrada. Decidí en ese mismo instante, que ya que era yo la que pagaba, Cayetana de Ojeda en persona, decidiría a qué hora era saludable practicar los puñeteros estiramientos que me dejaban para el arrastre.
Envié al taxista de vuelta al "Gran Café" movida por los remordimientos (no era cuestión de dejar a Marina con el pufo de la cuenta, pobretica) con cincuenta eurazos para el camarero de turno y otros cincuenta para su uso personal y que no cediera a las tentaciones.
En estas estaba, cuando un escandinavo típico de postal, alto, potente y rubio, me salió al encuentro y me sonrió de modo irresistible, mostrando una hilera de dientes perfectísimos, que me robaron de un soplo el mal genio.
―Señorita Cayetana de Ojeda ―indicó en perfecto español, para mi sorpresa, sin acento.
―La misma que viste y calza ―respondí arrepintiéndome al segundo. No había sido elegante, para nada. Pronto se me había escapado la venilla chabacana―. Me han avisado de sus dependencias ―agregué estirándome con petulancia para compensar la metedura de pata―. Espero que sea importante, ya que he tenido que cancelar varios apuntes de mi agenda para hoy.
Deseé haber sonado lo suficientemente autoritaria y sobrada de mí misma, como para que el empleado de la embajada me devolviese el respeto y no me tomara por boba.
―El jefe del servicio la atenderá enseguida. Lamentamos enormemente haberla avisado con tan poco tiempo ―volvió a deslumbrarme con aquellos dientes. ¿Dónde demonios se los habrían blanqueado?―, sólo buscábamos efectividad. El aviso para usted llegó ayer a última hora y contactarla, ha sido una de las primeras gestiones de esta mañana.
―Bueno, no hace falta atosigar a las personas, estamos en España. ―El nórdico me miró sin comprender. ¿Acaso acababa yo de decir que en España no somos eficientes? Tosí con suavidad deseando que una goma invisible borrase mis últimas palabras―. Me gustaría que me ofreciese un café.
―Por descontado. ―Me mostró un asiento mullido con un gesto y se retiró de inmediato, presto a cumplir mi deseo. Aquello me hizo sentir mucho mejor. Otra vez, más señora.
Mas cuando lo vi aparecer de nuevo, recortado en el umbral de la puerta, no traía nada en la mano y recuperé el mal humor de golpe. Lo mantuve vivo y en ebullición hasta que se ofreció a acompañarme y me explicó amablemente.
―Ya la están esperando y su café está listo. Se lo haré llevar a la oficina del jefe del servicio.
―Mantuve la boca cerrada para no decir ninguna inconveniencia de las mías. Lo cierto es que me hubiese encantado que aquel vikingo tremendo me invitase a cenar y me enloqueciera con el brillo irresistible
de sus ojazos azules. Para ello, me atusé coqueta la melena pero enseguida recordé (¡Oh, espanto!) que la visita a la peluquería, la tenía prevista para después del encuentro con Marina, de modo que por ahora, mis pelos campaban a sus anchas, después de una sudorosa y horripilante clase de Pilates y un masaje con pedruscos empapados en aceite.
Hice lo imposible por disimular mi falta de confianza, cuando atravesé la entrada del enorme despacho lleno de luz. Allá que se me fueron los ojos directos a las cortinas, que por cierto eran de terciopelo verde, anticuadas sí, pero al menos no dañaban la vista.
El tan traído y llevado jefe del servicio, causo en mí una impresión parecida a la de su asistente: inmejorable. Me pregunté qué comían esos vikingos, que estaban tan lozanos, tan altos, esbeltos y apetecibles, pese a su gusto decorativo imperdonable. El hombre tendría unos veinte años más que el chico del café, pero me lo hubiese llevado a la cama de todas formas. Su mandíbula viril y cuadrada y su pelo brillante y cano, auguraban dotes de buen amante, masculino y protector, como a mí me gustan. Vaya, lo que nunca hubiese conocido en el pueblo... ¡Qué bien hice viniéndome a vivir a Madrid! ¡Pobres mi madre y mis cuatro hermanas catetas! Ignorantes e infelices, resignadas a una existencia mediocre... ¿Qué digo mediocre? Vegetar era lo que se hacía en aquel culo del mundo del que yo me había escapado de puro milagro.
―La señora Cayetana García ―supuso el escandinavo alargándome una mano sin callos, suave y sedosa como recién manicurada.
Sentí una bofetada en pleno rostro al oír aquello. El más vulgar de los apellidos era el que había tenido que tocarme a mí en suerte y ni siquiera el exotismo del acento sueco, lo hacía sonar menos ordinario. Desde antes de cazar marido, planeé renunciar a mi verdadero yo, con tal de no recordar los orígenes. Después del divorcio, me quedé por el morro, con el apellido del gilipuertas de mi esposo.
―Cayetana de Ojeda ―le corregí secamente. Él sin embargo, me sonrió al recuperar la mano extendida que yo había rechazado.
―Disculpe, en el expediente consta García como apellido de soltera. ―Regresó a su escritorio y se dispuso a sentarse, señalándome un confidente de brocado, con elegante cortesía. Me mantuve de pie todavía.
―Es mi nombre real ―repetí obstinada.
―Tengo entendido que está usted divorciada. ―Consultó un papel-, desde el año dos mil, si no me equivoco.
Aquella removida de recuerdos, acrecentó mi mala leche. A ver si después de tantos años, el imbécil de Jacobo de Ojeda iba a venir reclamando las cuberterías de plata que me llevé escondidas en las alfombras. Pero claro, los suecos eran en todo caso, los que no encajaban. Que yo recordase, los cubiertos los compramos en Roma.
―¿Sería tan amable de explicarme de qué va esto? ―espeté pensando seriamente en largarme y dejarlo con dos palmos de narices.
―Por supuesto que sí, para eso la hemos hecho venir. ―Volvió a sonreír y levantó una mano―. ¡Ah, veo que llega su café! Haga el favor de tomar asiento, señora.
Claudiqué a sus deseos, cuando el olorcillo del expreso recién hecho me alcanzó la nariz. Estaba desfallecida y el asistente seguía tan guapo como un rato antes. Dejó conciliador la taza sobre la mesita y me molestó sobremanera que se ausentase, aunque no me pasó desapercibida la miradita con la que se despidió de mí.
―Hemos recibido un requerimiento notarial desde Estocolmo ―comenzó a informar mientras yo sorbía el café hirviente tratando de no hacer ruido. Vaya roñas, ni una galletita―, a su nombre. Es decir, a nombre de Cayetana García si esa persona es usted. ―Me miró malicioso. Yo me puse tensa. Vaya si era retorcido el sueco de los cojones.
―Sí, era yo ―recalqué el pasado aunque me temo que se lo pasó por el forro de la americana―. De soltera.
―Bien, me alegro ―sonrió cínico―, continuemos. El notario nos comunica el fallecimiento de Gunnar Lundberg. ¿Lo conoce?
Negué con la cabeza. De nuevo la teoría del error empezaba a cobrar forma. Al fin y al cabo García era por desgracia tan común… que bien podía ser otra Cayetana la que ellos buscaban. Y yo allí, perdiendo miserablemente el tiempo, soportando que aquel engreído estirado me llamase
―Espero que lo que tengo que comunicarle no la altere. ―Me envaré en la silla muerta de curiosidad―. Es algo delicado. ―Escogió la palabra con cautela
―Suéltelo ya ―martilleé.
El sueco se aclaró la garganta y prosiguió.
―Bien, según nos indican, el señor Lundberg era… su padre, señora García.
―De Ojeda ―corregí sin reacción visible.
―¿Ha entendido lo que le he dicho? ―se asombró el funcionario. Dejó los papeles sobre la mesa y me clavó los ojos.
―Le ruego que respete mis deseos personales en cuanto a mi nombre. Para mí es importante ―lo instruí con la serenidad de una reina.
―No se preocupe, no lo olvidaré. Pero este ciudadano sueco, dice ser su padre. ―Tenía la perplejidad pintada en la cara. No cedí a sus chantajes emocionales.
―Sí, eso parece que dice ―acepté inexpresiva. Por dentro, la cabeza empezó a darme vueltas. La noticia, de ser cierta, era una bomba de hidrógeno: siempre sería más glamuroso ser hija de un sueco, que de un agricultor de Benamocarra.
―¿Y tenía alguna sospecha de que esto pudiera ser así? Disculpe, no tiene por qué darme explicaciones, pero….
―Continúe ―lo apremié.
―La incluye en su testamento, desde luego ―puntualizó.
¿Testamento? ¿Testamento? ¿He oído bien? Eso suele significar dinerillo en el noventa por ciento de los casos. El estómago me dio un vuelco de alegría. No podía ser más afortunada. Es cierto eso de que el dinero llama al dinero. Toda mi juventud canina y ahora que a la madurez me sobraba la pasta, me llegaba más. Y del brazo, un apellido
mucho más fardón que el de Ojeda. Sí, sí, sí.
―¿Es mucho? Lo que me deja… ese señor ―susurré queriendo sonar desinteresada.
―Su padre. No me consta. Esto es un simple llamamiento para que se presente en el despacho del notario, en la dirección que le facilitaré, en Estocolmo. Allí la informarán a placer.
Meneé la cabeza aún confusa. Jodida pero contenta. Yo no sé qué clase de reacción esperaba el funcionario de la embajada de mí, porque no me quitaba el ojo de encima. Ellos tienen fama de fríos y una no disfruta del derecho a quedarse helada.
Me alargó un sobre timbrado que parecía recién llegado del siglo pasado. Me apresuré a tomarlo.
―Nos quedaremos con una copia para el expediente, si no le molesta. Es la rutina ―le resté importancia con la mano, mirando el sobre sin aliento.
―¿Cómo dice que se llamaba? ―balbuceé.
―Gunnar Lundberg.
―Bonito apellido ―sonreí tontamente―. Me marcho ya.
Cuando me puse en pie dispuesta a abandonar las oficinas, no me retuvieron con ninguna otra excusa. Me estrechó la mano, esta vez sí se la acepté y me acompañó a la puerta. El macizo había desaparecido y en su lugar una señorita sosa y rubia de unos treinta, me hizo los honores hasta el ascensor interior. Lástima, porque pensaba haberle dado mi tarjeta con el teléfono y proponerle una cita. Yo soy así de directa. No pasé de pobre a rica por casualidad.
Saqué mi móvil y marqué el número de mi agencia de viajes.
―Maricarmen, soy Cayetana de Ojeda. ¿Qué tal? Muy bien, gracias. Tienes que organizarme un viaje a Estocolmo. Vuelo y alojamiento. Creo que para un par de días, no lo sé. Bueno, vale, dispón para tres y si acabo antes me quedo de compras. ―La tontadelbote aquella empezó su bien conocida retahíla de datos, horarios, preferencias y demás. Siempre lo mismo. Y yo más perdida que el oro de Moscú―. Mira, va a ser para la semana próxima. Para mañana, me sacas billete a Málaga y de ahí un taxi que me recoja en el aeropuerto y me lleve a Benamocarra. ¿Qué va a ser? Un pueblo de la provincia, mujer, ya puedes buscarlo en el Google Earth. He oído decir que no muy lejos del pueblo hay un hotel-spa de cinco estrellas. No puedo creerlo, pero confirma la categoría y si es verdad, me reservas una habitación. La más grande. Sí, sí, ya tienes copia de todo, el pasaporte. Y cámbiame seis mil euros en coronas suecas. Mándamelo todo por mensajero. Adiós, adiós, Maricarmen, igualmente.
Por cierto, que pensé en quedar con Marina, que se desahogase y de camino contarle lo mío, pero me olvidé. Con la cabeza en otra parte, ya se sabe.
Iban a oírme en el pueblo.
oda buena regla tiene su excepción, sí señor. Eso dicen. Y eso digo yo también, aunque por lo normal, lleve la contraria para fastidiar. señora.
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2 rosas :

Natalia dijo...

Felicidadeees por la primicia!!!!
La verdad es que es una noticia estupenda. Solo he leído Un féretro en el tocador de señoras de Regina, pero me encantó! tengo Cuarentañeras pendiente, y estaré atenta para leer esta también ^^

Liz dijo...

Muhcas felicidades por el privilegio! pues yo tengo el tocador en casa a ver cuando lo leo :D

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DIMATHIAN. Una novela de María Orgaz.