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¿Un accidente puede mejorar tu vida? Melinda intentaba escapar de un oscuro secreto que no había sido capaz de desvelar a nadie, pero un desgraciado accidente hace que quede atrapada en una isla desierta junto a Cristian. Ambos son los únicos supervivientes y son desconocidos. Pero aprenderán que en la vida hasta en la adversidad se puede ser feliz y formar una familia. Eso lo aprenderán en una isla en la que estarán solos... ¿O no?

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En un mundo donde la magia es el centro de todo, un gran mal amenaza con cambiar el curso de la historia. Magos oscuros quieren hacerse con el control de todos los reinos mágicos. Para impedirlo, algunos magos que aún luchan por la verdad y el bien, deben viajar a otro mundo, encontrar a magos que quieran ayudarlos, deben encontrar a los elegidos. Sólo ellos conseguirán reestablecer el bien y derrotar a los que quieren llenar Diamthian de oscuridad...

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Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




lunes, 25 de julio de 2016

Manifiesto: Un poquito de empatía

Hola Dimathian@s!!

Hoy estoy bastante... iba a decir estresada, pero no, lo cierto es que estoy indignada. Cuando era una mera "compradora" no veía las cosas de la misma manera. Pues parece que en las tiendas hay duendecillos que ordenan todo con un chasquido de dedos como la maravillosa Mary Poppins.
Estos duendecillos, son mágicos, no comen, no duermen, pasan las 24 horas del día en la tienda, y por arte de magia lo hacen todo, porque su vida y sus aficiones son hacer todas las tareas que se les ponga. No salen de la tienda, no van de vacaciones ni tienen que dormir en casa, y como doblan ropa, algunos compradores creen que no tienen estudios, vamos que de milagro saben hablar. Por lo tanto, no tenemos que tener cuidado, ya que les encanta recoger y doblar ropa, y adoran que lo tiremos todo por el suelo, para que así tengan tareas que hacer en su aburrida vida, que transcurre minuto a minuto en la tienda. No hacen pis, no comen, no respiran, lo saben todo absolutamente todo de cada rincón de la tienda y de departamentos que no llevan ellos,  por lo que está prohibido que respondan que no están seguros de algo, o que no lo saben,  es una ofensa para los que vamos a comprar.

De todas maneras,  no pasa nada si tiramos las cosas al suelo, porque aunque no estén los duendecillos, parece que las prendas tienen patitas para volver solas a su percha o a la mesa. Que si cogemos una prenda y al final no la queremos, podemos dejarla escondida bajo una pila de camisetas porque los duendecillos la encontrarán y con el mismo chasquido de dedos harán que esté bien colocada en su lugar sin tener que desplazarse hasta la otra punta de la tienda ni perder un solo segundo. 

Como buenos compradores cogemos una bolsa llena de prendas y nos dirigimos al probador. Vemos a una chica (o chico) de uniforme y con un cartel en el que se lee el nombre de la tienda, pero no estamos segur@s, a ver si va a tratarse de una clienta que va con un cartel porque es muy fan, así que aún así preguntamos "¿Trabajas aquí?", ante la cara de asombro de la empleada que asiente con la cabeza, mientras señala el cartel con el logotipo del comercio con un ligero gesto de extrañeza. Tras esta pregunta, por lo que se ve "poco obvia", hacemos otra pregunta de vital importancia para nosotros, "Perdona, ¿Dónde están los probadores?". Ella nos señala con el dedo, el lugar exacto, pero estamos demasiado pendientes del resto de prendas como para ver visto antes que se encuentran a 1 metro de nosotros.
Cuando llegamos y nos dicen el número máximo de prendas que nos podemos probar, seleccionamos varias de las prendas hasta llegar al máximo, pidiendo que nos guarden el resto de prendas para probárnoslas después.
Tras unos larguísimos minutos, en los que hemos peleado con las prendas para ver cómo nos quedan, las hacemos una bola y salimos a la puerta de los probadores para soltarlo diciendo lo mal que nos queda todo. A veces también llevamos todas las perchas enredadas para dárselas, siempre y cuando nos acordemos.
Nos da el resto de prendas que queremos probarnos y hacemos el mismo ritual.
Por alguna extraña razón, tenemos tendencia a coger 4 tallas del mismo modelo, no sea que como cada tienda tiene un tallaje, si usamos la 42, tal vez en esa tienda usemos la 36, por lo tanto hay que coger todas las tallas intermedias a ver cuál utilizamos en dicho comercio.
En ocasiones, salimos y nos llevamos las prendas que nos gustan, pero otras veces no nos llevamos nada, dejando dos bolas de ropa para que el trabajador se entretenga doblando todo, porque le vemos muy aburrido doblando 3 pilas de ropa tan altas como él, y así el pobre tiene alguna tarea para que se le pase el día más deprisa. No vemos a los duendecillos, tal vez ese día no han ido, o trabajan escondidos ayudando a los dependientes.
En función del humor que tengamos, a veces hasta les damos las prendas colgadas en la percha (del derecho o del revés, según nos apetezca), y la ropa medio doblada. Pues hemos visto al trabajador un poco apurado y queremos quedar bien y que así no tenga tanto que hacer. Mientras se lo damos sonreimos, pues les estamos haciendo un favor muy grande, hombre, no es un favor tan grande como nos pensamos, pero dicho gesto es agradecido por el dependiente que no tiene que deshacer la bola de ropa, y que ve que somos conscientes de que al menos en la percha, les facilitamos el trabajo un poco. 

Vamos a una mesa, y lo vemos todo enredado una preciosa montaña multicolor, por lo que no podemos ver qué modelos de camisetas hay y qué tallas tienen. Ya sabemos que nosotros no hemos dejado eso así porque acabamos de llegar, pero claro, si lo encuentro hecho una bola, tengo que dejarlo igual, no sea que me regañen los trabajadores por medio doblarlo en lugar de unirlo a la inmensa bola de prendas.
Si lo encontramos en el suelo, no podemos subirlo a la mesa, no sea que también nos vaya a regañar el trabajador que está doblando a toda prisa para tratar de deshacerlo y que así la tienda esté bien ordenada. Y si nos está mirando mientras miramos un pantalón, es mejor tirarlo por los aires para que el trabajador, que nos mira de reojo mientras está "dobla que te dobla" con agobio, no vea donde ha caido el pantalón y se entretenga buscándolo entre los muebles. Que así se divierte más en su jornada laboral. 

A veces pedimos ayuda a los dependientes, porque claro, es más cómodo preguntar y que nos den lo que queremos que echar un ligero vistazo para percatarnos de que lo tenemos al lado. Obviando ese detalle, una vez que llamamos al trabajador, que lleva una pila de ropa para ordenarla, nos acompaña. Llegamos hasta el lugar donde está la prenda que buscamos, pero no estamos conformes, queremos que el dependiente que solo tiene una mano libre, busque nuestra talla, además mire la etiqueta para decirnos el precio y hasta nos de su opinión sobre qué color nos favorece más con una chaqueta que hemos comprado en otra tienda.  La paciencia que tienen estos dependientes, o más conocidos como duendecillos mágicos, es infinita. Pues a pesar de llevar una pila de ropa en un brazo, haciendo malavares para que no se les caiga, o estar doblando incesantemente, te ayudan con lo que preguntas, te llevan a la zona que buscas, y todo ello con una sonrisa amable como si todas las  horas que llevasen trabajando fuesen dos minutos.

Si tenemos hijos, como estamos un poco molestos de escucharles gritarnos que quieren jugar, nada más entrar en la tienda, lo más acertado es soltarlos para que corran y toquen todo, porque ahora las tiendas son como los parques de bolas, donde pueden correr, esconderse, tirar las cosas... total, a falta de bolas pues tienen ropa. Y que cuando pase junto a una pila de ropa, tire de ella inocentemente y la ropa caiga al suelo. Nosotros miramos la pila de ropa que se ha deshecho y que está en el suelo porque nuestro hijo lo ha tirado. Vemos que justo enfrente está la dependienta doblando ropa en la misma mesa, al ver el montón de ropa, se mueve para recoger la ropa del suelo mientras nos mira sin decir nada. Y aquí pueden suceder dos cosas, (depende del nivel de conciencia que tengamos), o lo recogemos y pedimos disculpas porque el niño no debía tocar nada, o no decimos nada, le reimos la gracia al niño y continuamos mirando ropa, incluso llegando a pasar al lado y pisar alguna de las prendas. 

Luego hay un caso diferente, tenemos hijos que están tirándolo todo pero por más que lo regañamos no quiere hacernos caso. Entonces vemos una dependienta, que está ordenando las prendas, hasta con cara amigable a pesar de tener un montón de prendas por el suelo, y le decimos muy convencidos a nuestros hijos "hijo, no toques eso que la chica se enfada y te va a regañar y castigar". La/el pobre dependient@ que encima había sonreído a nuestro hijo, se queda extrañad@ pensando para sí mism@, "¿acaso tengo cara de ogro o le he hablado mal a la mujer o al niño?". Tras lo cual, el niño mira al trabajador con cara de extrañeza, un poco de miedo y hasta algo de odio. Deja lo que estaba tocando y se queda junto a su madre con una lagrimilla a punto de salir. 

Alguno de los duendecillos/dependientes, cuando ven cómo una persona tira un pantalón al suelo porque no lo va a querer, se acercan a dicha persona y le dicen con el tono más suave y amable que pueden. "perdona, dámelo a mi que yo lo coloco, por favor, no lo tires al suelo". Lo increíble es lo que responde el comprador "pues hija, si para eso te pagan, para que dobles lo que se cae al suelo y lo que no queremos comprar". El pobre duendecillo está en una encrucijada, no sabe si responder o no, pues le ronda en la cabeza esa frase que tanto repiten los jefes <<el cliente siempre tiene la razón>>. 

Pero hay compradores y compradoras que son de una especie diferente, parecen hasta de otro planeta. Si cogen algo para verlo y no se lo meten en la bolsa para comprarlo, vuelven a doblarlo y ponerlo en su lugar. Tal vez no queda doblado de la misma manera que lo harían los duendecillos/dependientes, pero quedan orgullosos de que si les mira el dependiente agradecerá con un gesto de cabeza nuestro esfuerzo. O si ven que un dependiente va con una pila de ropa que va a colocar en la mesa y se le cae una prenda, se agachan para dársela. E incluso si han visto varias prendas en el suelo, las cogen, y justo en aquel instante pasa la dependienta que se agacha mientras les dice sonriendo "no te preocupes, ya lo cojo". Pero se sienten mal y lo recogen igual, porque no les gusta ver ropa por el suelo, mientras dicen "no pasa nada, es que no me gusta ver ropa por el suelo. qué poca vergüenza tienen algunas personas".  Son unos gestos que parecen insignificantes pero los duendecillos agradecen tremendamente.
Y por supuesto, todos los comercios tienen horario de 10 de la mañana a 10 de la noche, porque necesitamos 12 horas del día para ir a comprar a la hora que nos apetezca. Pero si nos hemos entretenido por ahí tomando algo o con otras tareas y son las 21:50 de la noche, entramos a los comercios para buscar entre toda la ropa recién ordenada por los duendecillos, solo por pasar el rato, porque parece un pecado que esté abierta la tienda y no pasar a ver qué es lo que tienen.
Mientras miramos la ropa, deshaciendo su perfecto doblado, se nos acerca un dependiente/duendecillo y nos dice amablemente y en un tono afable, "Perdona, estamos cerrando". Hay dos tipos de respuesta en función del tipo de comprador que seamos. 

-"¡Ay, lo siento!" es la primera respuesta, mientras nos sentimos avergonzados de desordenar la ropa y que nos hayan llamado la atención por la hora, y nos marchamos.

-"Si solo voy a tardar cinco minutos, es que quiero mirar lo que tenéis, porque me quiero comprar muchas cosas". Esta es la segunda respuesta, que viene acompañada de un gesto negativo y casi con odio que va plenamente dirigido al duendecillo. Tras lo cual, el comprador empieza a mirar y desordenar todo, mientras el duendecillo lo ordena, ya que quiere irse a su hora a casa para cenar y estar con sus seres queridos, porque aunque algunas personas no lo sepan, los dependientes también tienen familia, hacen pis, y hasta comen y duermen en una casa y no en la tienda. Dan las 10 en punto, la persona ha desordenado mucho (probablemente lo hace a malas porque no le gustó la respuesta del duende), y finalmente se va a las 10 y dos minutos sin comprar nada porque como le han metido prisa no ha visto nada de su agrado.
En resumen, la vida del comprador es muy ajetreada, es algo muy difícil, pues no es nada sencillo hacer compra en una selva de ropa.

                                                                              ***

Como se ve, he querido dar un toque de humor un poco irónico a veces. Los trabajos de cara al público son complicados, duros y muy poco valorados. Sobre todo económicamente, algunas empresas no pagan ni el salario mínimo, menos mal que otras empresas son legales y aunque el sueldo no es demasiado alto, por lo menos es el que te corresponde por convenio.
Encontrar a personas con conciencia que te faciliten el trabajo es muy complicado. Normalmente, son personas a las que les da "cosilla" desordenar las cosas porque ven a los dependientes agobiados por tanto ordenar, o porque tienen familiares o conocidos, o ellos mismos con el mismo trabajo. Son estas personas las que te hacen ir a trabajar con ganas, porque parece que se ve un poco más recompensado el trabajo.

Es comprensible que si coges una prenda o artículo para verlo por si te lo compras, a veces es complicado dejarlo como estaba, pero hay que tener un poco de conciencia y por lo menos intentar dejarlo bien, no hacer una bola con ello o tirarlo por los suelos para que lo acaben pisando o incluso rompiendo. 
Al igual que las personas que creen que por doblar ropa la gente vale menos o que es una analfabeta, que de milagro sabe hablar y escribir. Pues en muchos casos, es gente con muchos estudios que no ha podido trabajar en su campo, por lo que no por trabajar en comercio o de cara al público vale menos. Hace lo que puede y trabaja en lo que puede para poder pagar las facturas y cuidar de su familia. 

Así que gracias a las empresas que tratan bien a sus empleados, haciendo que se sientan valorados y motivados, y gracias a todas esas personas que tienen una gran conciencia y tratan de que no te sientas como una "chacha" que solo vale para recoger las cosas del suelo porque "para eso nos pagan". 

Gracias por esas personas que hacen que el trabajo sea un poco más llevadero y agradable. Porque hacen que se tengan ganas de ir a trabajar cada día.
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DIMATHIAN. Una novela de María Orgaz.