Espero que tod@s disfrutéis con mis relatos, que os emocionéis y que realmente viváis lo mismo que los personajes, llevándoos a un mundo diferente. Deseo que cuanta más gente lea mi blog mucho mejor, tal vez así pueda llegar a publicar alguno de mis relatos algún día.




miércoles, 28 de abril de 2010

Ardiente pasión capitulo 14

14º- Un respiro

Unos días más tarde, las cosas estaban algo más calmadas. Pedro estaba más sereno y no había vuelto a beber. Pero la situación seguía sin ser fácil, pues no tenían noticias de Adriana y no podían visitarla.

Pero al menos pudieron hablar con la psiquiatra del centro y les explicó que tras una evaluación completa, habían comprobado que el intento de suicidio había sido a causa de las quemaduras.

-Entonces… Si ya le hicieron la evaluación ¿podemos verla y hablar con ella? –preguntó Melinda.

-Lo he estado pensando mucho, y creo que eso la vendría bien. Hace unos cuantos días que no le apetece hablar. No hace más que escribir en notas vuestros nombres, me los da porque no quiere decirme nada. –explicó la psiquiatra.

-Necesitamos verla nosotras también. ¿Podemos pasar ahora? –Delia estaba muy nerviosa.

-De acuerdo, iremos ahora. Pero deben quitarse cordones, cinturones, colgantes, pulseras, anillos… y cualquier objeto que pudiera usar para autolesionarse o para hacerles daño a ustedes. –explicó seriamente.

Los cinco obedecieron, se quitaron todo lo que les dijeron, y lo dejaron en una taquilla que había antes de entrar en la sala para las visitas. Tanto Melinda como Delia estaban mordiéndose las uñas a causa de los nervios.

Entraron en una sala y allí estaba Adriana sentada en una silla con la mirada ausente. Ellas se abalanzaron sobre su hermana abrazándola, mientras miles de lágrimas emanaban de sus ojos sin control.

-Hermanita… -suspiró Delia.

-Lamento no haber sabido cuidar bien de ti… perdóname. -se disculpó Melinda mirándola.

-Os echaba de menos… contestó llorando ella también. -¿Pedro ha venido?

-Mi amor, estoy aquí. –dijo con la voz temblorosa.

Ella se levantó de la silla y se abrazó muy fuerte a su novio. –Creía que te habrías ido, que ya no volvería a verte…

-Eso nunca, mi niña. Pero no nos dejaban verte hasta que estuvieras un poco mejor. -contestó él.

-¿Me iré a casa con vosotros? –preguntó con la mirada suplicante.

-Pues… mi niña…. –no sabía cómo decírselo.

Melinda era la mayor, ella debía haber cuidado mejor de sus hermanas. Así que le correspondía a ella decírselo. –Hermanita, veras… de momento te tienes que quedar aquí un poco más.

-No, pero yo quiero irme con vosotros, por favor… -suplicó.

Melinda no podía contenerse, las lágrimas se derramaban con más intensidad. Le dolía el alma de no poder sacar de allí a su hermana. Estaba poniéndose nerviosa por la reacción de su hermana.

Ella la veía recuperada no entendía la razón por la que no podía llevársela a casa. –Lo siento, pero no puedes venirte… -contestó cada vez más alterada.

Adriana se acercó de nuevo a Pedro con la mirada desesperada. –Por favor… llévame contigo. Necesito volver a casa…

Estaba siendo demasiado para Melinda ver a su hermana así, y el aire empezó a faltarla. Le costaba respirar y tanto llorar no ayudaba demasiado. Cristian se acercó a su lado. – ¿Qué te ocurre?

-No… puedo… respirar… -dijo como pudo.

-Hermanito, ¿Qué hacemos? –le preguntó muy nervioso a Kirian.

-Pon su espalda contra tu pecho. Que acompase su respiración a la tuya. –explicó su hermano.

Él lo hizo sin pensárselo. La colocó contra su pecho, respiraba tranquilo para que ella se calmara. –Vamos, preciosa mía. Respira conmigo, con tranquilidad. –le susurraba con dulzura.

Ella a los pocos minutos fue relajándose, calmando su respiración hasta que fue al mismo ritmo que la de Cristian, y los demás respiraron tranquilos. –Menudo susto… -dijo Cristian besando sus cabellos.

-Es que quiero que vuelva a casa… -susurró.

-Bueno podemos hablar con la doctora, intentar convencerla. Para algo Pedro y yo somos médicos. –comentó Kirian.

Mientras Cristian se quedó con las chicas, hablando Adriana, Kirian y Pedro se fueron a hablar con la psiquiatra. Intentaron hacerla razonar, que al ser ellos médicos, podrían ocuparse perfectamente en casa de ella.

Finalmente, la psiquiatra aceptó, con la condición de que todas las semanas fuera al centro a hacerse evaluaciones semanales, y si empeoraba, volverían a ingresarla de nuevo.

-Cuidaremos bien de ella. No se preocupe. –dijo Pedro. –Y si empeora, seré yo mismo quien la traiga de vuelta.

-Eso espero. Nunca haría eso con ninguno de mis pacientes, pero dado que sois médicos y usted es un prodigio, he hecho una excepción. –respondió. –Pero tengan muy en cuenta que puede volver a recaer.

-No se apure. Además no estará sola. –contestó Pedro con una sonrisa.

-Mañana podrán llevársela. Quiero hacer una última evaluación, para asegurarme de que he tomado una decisión acertada. –explicó.

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